martes, 10 de agosto de 2010

Steiner, Rudolf - El quinto evangelio

EL QUINTO EVANGELIO

 

“SEGÚN LA CRÓNICA DEL AKASHA”

 

NOTA DEL TRADUCTOR

 


A la pregunta: ¿Quién es el autor del Quinto Evange­lio?, habrá que responder: He aquí otro resultado de la investigación espiritual de Rudolf Steiner, fundador de la ciencia espiritual de orientación antroposófica. La eterna Crónica del Akasha, la "Memoria del Universo", es la fuente de lo que en estas conferencias se expone como conocimiento que confirma y amplía, a la vez, el contenido de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Estas conferencias fueron pronunciadas (en 1913) pa­ra un auditorio exclusivo de miembros de la Sociedad Antroposófica. Pero se expresa, en la primera de ellas, que el contenido de este "Quinto Evangelio" es de sin­gular importancia para el tiempo presente, por lo que se justifica e incluso debe considerarse necesario darle amplia difusión, haciéndolo conocer a la humanidad en ge­neral. A este Evangelio, Rudolf Steiner también lo llamó EL EVANGELIO DEL CONOCIMIENTO. Todo el texto se basa en apuntes taquigráficos que luego fueron dados a publicidad sin revisión previa por parte del autor.


“PRIMERA CONFERENCIA”


Creo que, con respecto al tiempo en que vivimos, es de peculiar importancia el tema sobre el cual voy a ha­blar en este ciclo de conferencias. Ante todo, deseo po­ner en claro que el haber elegido semejante tema no se debe, en absoluto, al afán de producir sensación, ni co­sa parecida. Pues espero poder mostrar que, en un senti­do de singular importancia para el tiempo presente, se justifica hablar de un quinto Evangelio, y que para lo que ello significa, la denominación "El Quinto Evange­lio", es, efectivamente, la más apropiada. Este Evangelio aún no existe - como se explicará - como documento escrito; pero en tiempos venideros de la humanidad, se­guramente existirá en bien definida forma escrita. Mas en cierto sentido también se podría decir que el quin­to Evangelio es tan antiguo como los otros cuatro Evan­gelios. Para poder hablar sobre este tema es preciso contem­plar, a modo de introducción, algunos puntos que son tan importantes como necesarios para la plena comprensión de lo que ahora queremos llamar el Quinto Evangelio. Al respecto, quisiera partir de que con toda seguridad acerca el tiempo en que desde la enseñan­za primaria y en el marco de la más simple instrucción, la ciencia que comúnmente se llama historia, se enseña­rá de un modo algo distinto de como hasta ahora se ha­bía enseñado. En cierto sentido, este ciclo de conferen­cias nos dará la prueba de que en la historiografía del futuro e incluso en la historia más elemental, el concep­to y la idea acerca del Cristo serán de mucho más impor­tancia que hasta ahora. Sé que, en realidad, con este aserto digo algo totalmente paradójico. Tengamos pre­sente que en tiempos pasados, no muy lejanos, un sinnúmero de hombres, incluso de los más cultos de los países occidentales, dirigían hacia el Cristo el corazón y el sen­timiento, de una manera mucho más intensa que ahora. Quien pase revista a la literatura actual, quien reflexione sobre lo que principalmente interesa al hombre de nues­tra época y lo que más hondamente le habla al corazón, tendrá la impresión de que van disminuyendo el entusiasmo y la emoción por las ideas acerca del Cristo, prin­cipalmente en las personas que pretenden pertenecer a los que poseen cierta cultura conforme a nuestra época. A pesar de ello, y según lo que acabo de expresar, hemos de esperar que nuestro tiempo esté en camino para dar en el futuro mucho más importancia que hasta ahora, a las ideas sobre el Cristo, dentro de la historiografía uni­versal. ¿No hay en ello, aparentemente, una absoluta contradicción? Acerquémonos ahora desde otro punto de vista a este problema. En muchas conferencias del pasado, incluso en esta ciudad, he hablado sobre el significado y el con­tenido de las ideas concernientes al Cristo; y en muchos libros, como resultado de la ciencia espiritual, se ha pu­blicado lo expuesto sobre los secretos de la entidad del Cristo. Quien estudie el contenido de esos libros llegará a decirse que para la plena comprensión de la entidad de Cristo hace falta un vasto conocimiento, y que se debe partir de los más profundos conceptos e ideas para ele­varse a la verdadera comprensión de la naturaleza de Cristo, como asimismo del impulso de Cristo que obró a través de los siglos. En cierto modo podría pensarse que primero hay que conocer toda la antroposofía para as­cender a la correcta idea de la naturaleza del Cristo. Em­pero, si examinamos la evolución espiritual en el curso de los siglos, se nos presenta, de siglo en siglo, la extensa y honda ciencia dedicada a comprender la venida y la obra de Cristo. A través de los siglos, la humanidad recu­rrió a las más altas y más importantes ideas con el fin de comprender al Cristo. Por eso podría parecer que sólo las más importantes actividades espirituales podrían con­ducir a la comprensión de la naturaleza del Cristo. ¿Pe­ro, es efectivamente así? Una muy sencilla reflexión puede darnos la prueba de que no es así. Coloquemos, por decirlo así, sobre una balanza espiritual todo aquello de erudición y ciencia e incluso la antroposofía; todo lo que hasta ahora ha contribuido a la comprensión del concepto y la naturaleza del Cristo. Coloquémoslo sobre uno de los platillos de la balanza espiritual; y sobre el otro platillo todos los sentimien­tos profundos, todos los impulsos en el alma de los hom­bres que a través de los siglos se dirigieron hacia la enti­dad que llamamos el Cristo; y se verificará que todo cuanto la ciencia, la erudición y hasta la antroposofía pueden contribuir a la explicación de la naturaleza del Cristo, bruscamente hace subir el platillo; y que los profundos sentimientos e impulsos que la humanidad diri­gió hacia la entidad y el mundo de Cristo, hacen bajar hondamente el otro platillo. Sin exagerar, podemos afir­mar que la esfera del Cristo influyó enormemente sobre la humanidad, y que el mero saber de lo que es el Cristo ha ejercido el menor efecto en tal sentido. Verdadera­mente, la posición del cristianismo hubiera quedado muy poco favorable si las gentes, para apegarse al Cristo, hubieran tenido que basarse en las doctas disquisiciones de la Edad Media, de los escolásticos y de los eruditos eclesiásticos, o también en lo que la antroposofía contri­buye al conocimiento acerca del Cristo. Muy poco po­dría alcanzarse con todo ello. Estimo que quien conside­re objetivamente el devenir del cristianismo en el curso de los siglos, nada podrá objetar a estos pensamientos. Pero acerquémonos, además, a ellos desde otro punto de vista. Remontémonos a los tiempos precristianos. Basta re­cordar lo que es de pleno conocimiento de la mayoría de los aquí presentes: que la antigua tragedia griega, principalmente en sus formas primitivas, al caracterizar al héroe divino, o bien al hombre en cuya alma vivía la lucha del Dios, en cierto modo expresaba, desde el es­cenario, una clara e inmediata visión del divino obrar y tejer. Basta señalar que en la gran obra poética de Homero teje el obrar de lo espiritual; basta nombrar las grandes figuras de Sócrates, Platón, Aristóteles. Con es­tos nombres se presenta a nuestra alma una suprema vi­da espiritual en un determinado campo. Si únicamente alzamos la vista hacia la figura de Aristóteles que vivió y obró unos siglos antes de la fundación del cristianis­mo, se nos presenta lo que en cierto sentido hasta en nuestro tiempo no ha sido superado ni ulteriormente desarrollado. El pensamiento y el procedimiento cientí­fico de Aristóteles son de tan inmensa categoría que po­demos afirmar que se había alcanzado un nivel supremo del pensar humano de manera tal que hasta ahora no se ha producido un acrecentamiento, al respecto. Por un instante, vamos ahora a establecer una singu­lar hipótesis que es necesaria para la prosecución de nuestras conferencias. Representémonos que no existie­sen los Evangelios como fuente de información sobre la figura de Cristo. Supongamos que no existiesen los pri­mitivos documentos que como Nuevo Testamento to­mamos en la mano. Vamos a hacer caso omiso de lo que se ha escrito o dicho sobre la fundación del cristianismo; sólo tomaremos en consideración el devenir del cristia­nismo como hecho histórico, lo que sucedió en la huma­nidad en el transcurso de los siglos poscristianos. Vamos a considerar lo que realmente sucedió, sin recurrir a los Evangelios, a Los Hechos de los Apóstoles, ni a las Epís­tolas de San Pablo, ¿Qué es lo que sucedió? Si empezamos por fijar la vista en el Sur de Europa, tenemos una época de la más alta cultura espiritual hu­mana, cuyo representante fue Aristóteles, a quien acaba­mos de nombrar; vida espiritual altamente desarrollada que en los siglos subsiguientes tuvo un singular cultivo. En la época en que el cristianismo comenzó a tomar su camino por el mundo, hubo en el Sur de Europa muchos hombres, de cultura griega; hombres que habían adheri­do a la vida cultural griega. Si examinamos el desarrollo del cristianismo hasta Celso, célebre por sus ataques con­tra, el cristianismo, y, más tarde, en el segundo y tercer siglo poscristianos, hay en el Sur de Europa, en las penínsulas greca e itálica, hombres de la más alta cultura espiritual, numerosos hombres que habían acogido las sublimes ideas de Platón; hombres cuya sagacidad fue como la continuación de la de Aristóteles; espíritus fi­nos y fuertes de la cultura griega; romanos de cultura griega, que a la sutileza del espíritu helénico añadieron lo agresivo y personal del romanismo. En este mundo penetra el impulso del cristianismo, al que para aquel tiempo puede caracterizarse como sigue: en cuanto a la intelectualidad y al tesoro del saber, los representantes del impulso cristiano de aquel tiempo, comparados con la cultura de numerosos hombres ro­mano - griegos, aparecen verdaderamente como gente inculta. En el mundo de madura intelectualidad, se in­troducen hombres sin cultura. Y allí se nos presenta un singular espectáculo: esas gentes de naturaleza sencilla, los portadores del primitivo cristianismo, extienden este cristianismo en el Sur de Europa, con relativamente gran rapidez. Si ahora, con lo que por la antroposofía nos es posible comprender, consideramos a esos hombres de natural sencillo que en aquel tiempo difundieron el cris­tianismo, podemos decirnos: esas gentes sencillas no comprendían nada de la naturaleza de Cristo: -no hace falta pensar en la gran idea cósmica de Cristo; podemos pensar en ideas mucho más simples- aquellos portadores del impulso cristiano, colocados en la altamente desarro­llada cultura griega, no comprendían absolutamente na­da de todo aquello. Nada poseían para contribuir al es­cenario de la vida grecorromana, sino únicamente su in­terioridad personal, la que habían desarrollado en sí mismos como su afecto personal al Cristo amado; pues le te­nían este afecto como si se tratara de un miembro de una familia amada. Los que dentro del helenismo y el romanismo enraizaron el cristianismo, que hasta nuestro tiempo ha seguido desenvolviéndose, no eran teósofos cultos, ni intelectuales en general. Los teósofos cultos de aquel tiempo, los gnósticos, se habían elevado, por cier­to, a sublimes ideas sobre el Cristo, pero no pudieron dar otra cosa que aquello que debemos poner sobre el platillo que sube bruscamente. Si todo hubiese dependido de los gnósticos, es seguro que el cristianismo no hu­biera tomado su camino por el mundo. No fue una inte­lectualidad particularmente desarrollada lo que desde el Este penetró y con cierta rapidez causó el hundimiento del helenismo y romanismo antiguos. He aquí el as­pecto que se presenta por un lado. Considerado por el otro, tenemos los hombres de alto nivel intelectual; empezando con Celso, el enemigo del cristianismo, quien ya en aquel tiempo exponía todo lo que hasta hoy se suele aducir; hasta el filósofo en el trono, Marco Aurelio. Fijemos la mirada en los neoplatónicos de fina cultura quienes entonces expresaban ideas, al lado de las cuales la filosofía actual es de muy poca substancia. En su nivel y amplitud de horizonte eran ideas muy superiores a las de nuestro tiempo. Pe­ro si miramos lo que esos filósofos sostenían contra el cristianismo, y lo mismo lo que en espíritu griego y romano aquellos hombres de alto nivel intelectual adu­cían desde el punto de vista de la filosofía griega, se nos da la impresión de que todos ellos no comprendían el impulso de Cristo. Vemos que el cristianismo va extendiéndose debido a portadores que no entienden nada de la naturaleza del cristianismo, y es combatido por una alta cultura que no es capaz de comprender la significa­ción del impulso de Cristo. Curiosamente, el cristianis­mo viene al mundo de manera tal que ni adictos, ni ad­versarios llegan a comprender su verdadero espíritu. Y sin embargo, hubo hombres dotados de la fuerza del al­ma para hacer triunfar en el mundo el impulso de Cristo. Si pasamos a los que, como Tertuliano, con cierta grandeza se consagraban a defender al cristianismo, ve­mos en él a un romano quien, si nos fijamos en su modo de hablar, es el cuasi-creador de una nueva lengua roma­na; un hombre que por su acierto en el uso vivo de las palabras, se nos presenta como una personalidad impor­tante. No obstante, si nos preguntamos ¿qué hay detrás de las ideas de Tertuliano?, resulta que todo cambia. Descubrimos que en verdad posee bien poco de intelec­tualidad y nivel espiritual: los que defienden al cristia­nismo tampoco contribuyen mucho. Pero semejantes personajes como lo fue Tertuliano, a cuyos argumentos los griegos cultos no daban mucho crédito, de todos mo­dos, por su actuar, ejercían influencia. Por algo Tertulia­no influía en forma irresistible; pero ¿debido a qué? He aquí lo importante. Seamos conscientes de que aquí realmente surge una pregunta. ¿A qué se debe que van influyendo sobre la evolución, los portadores del impul­so de Cristo, si ellos mismos entienden poco de la natu­raleza del impulso de Cristo? ¿A qué se debe que van in­fluyendo los Santos Padres, incluso Orígenes, quienes dan la impresión de que les falta habilidad? ¿Qué es lo que de la naturaleza del impulso de Cristo ni la cultura grecorromana es capaz de comprender? Pero demos otro paso más. El referido fenómeno se nos presenta en forma más acentuada si consideramos la historia. Vemos llegar los siglos en que el cristianismo va extendiéndose dentro del mundo europeo, entre pue­blos como, por ejemplo, los germánicos, que habían te­nido cultos religiosos muy distintos; pueblos aparente­mente unificados por sus ideas religiosas, los cuales, no obstante acogían con plena fuerza el impulso de Cristo, como si hubiera sido su verdadera vida. Si miramos los mensajeros germánicos más activos, vemos que no eran, de modo alguno, hombres de preparación escolástico­ teológica. Por el contrario, eran aquellos que de alma más bien sencilla actuaban entre las gentes y les habla­ban con ideas sencillísimas, pero directamente al cora­zón, Sabían expresarse en forma tal que sus palabras lle­gaban a lo más hondo del alma de quienes los escucha­ban. Eran hombres sencillos que se dirigían a todas par­tes y que actuaban de la manera más eficaz. Por un lado tenemos la expansión, del cristianismo a través de los siglos; por otro lado admiramos que este mismo cristianismo es motivo de importante erudición, ciencia y filosofía. No tenemos en poco esta filosofía, pero ahora vamos a dirigir la mirada sobre el singular fenómeno que hasta la Edad Media, el cristianismo se di­fundía y se arraigaba en el alma de pueblos que hasta entonces habían albergado ideas totalmente distintas; y en un futuro no muy lejano, al hablar de la expansión del cristianismo, se expondrán otras cosas más. Cuando se habla del efecto del impulso cristiano, el que lo oye comprenderá fácilmente que los frutos de la expansión del cristianismo se evidenciaron en el entusiasmo que tal expansión ha producido. Empero, si llegamos a los tiempos modernos, parece menguar lo que a través de la Edad Media se observa como el cristianismo en expan­sión. Consideremos a Copérnico y toda la ciencia natural moderna, hasta el siglo XIX. Podría parecer que la cien­cia natural, lo que desde Copérnico se ha infundido en la cultura espiritual de Occidente, hubiese contrariado al cristianismo; y hechos exteriores podrían corroborarlo. Por ejemplo, hasta la segunda década del siglo XIX, la Iglesia Católica había puesto en el lndex a Copérnico. Pero esto es cosa exterior que no impidió que Copérni­co fuera canónigo. Lo mismo ocurre con Giordano Bruno que fue quemado por hereje. Ambos habían llegado a sus ideas, basándose en el cristianismo, y ac­tuaban por el impulso cristiano. Mal lo comprende quien, ateniéndose a lo que dice la Iglesia, pensase que aquello no haya sido fruto del cristianismo. Los hechos que acabo de exponer, dan prueba de que la Iglesia no ha comprendido bien lo que son frutos del cristianismo. Quien considere las cosas más profundamente recono­cerá que todo lo que los pueblos hicieron, hasta en los siglos recientes, fue resultado del cristianismo, y que por el cristianismo el hombre llegó a mirar desde la Tierra hacia las vastedades celestes, como lo muestran las leyes copernicanas. Esto sólo fue posible dentro de la cultura y por el impulso del cristianismo. Para el que considere la vida espiritual no en la superficie sino en sus profundidades, resultará algo que, si lo enuncio, parecerá para­dójico; no obstante, es cierto. Para la profunda contem­plación resulta que sin el cristianismo hubiera sido im­posible el surgimiento de un Haeckel, tal como él se nos presenta, con toda su oposición al Cristo. Sin la existen­cia de la cultura cristiana, no hubiera sido posible el fe­nómeno de Ernst Haeckel. Y toda la evolución de la mo­derna ciencia natural, por más que se esfuerce en desa­rrollar oposición al cristianismo, es realmente fruto de este mismo cristianismo, una continuación inmediata del impulso cristiano. Cuando la moderna ciencia natu­ral haya superado los defectos de su primitivo desarro­llo, la humanidad llegará a comprender lo que significa que el punto de partida de dicha ciencia, en su conse­cuente prosecución, realmente conduce a la ciencia espiritual; se comprenderá que existe un camino que con­siguientemente conduce de Haeckel a la ciencia espiri­tual. Esto también hará comprender que Haeckel, si bien él mismo no lo sabe, es un genio enteramente cris­tiano. Los impulsos cristianos no sólo han producido lo que se llama, o se llamaba, cristiano, sino también aquello que se tiene por opuesto al cristianismo. Examinando las cosas no solamente por los conceptos sino por la rea­lidad, se llegará a tal convicción. En mi opúsculo Reencarnación y Karma se expone que un camino directo conduce del darwinismo a la idea de las vidas terrenales repetidas. Para juzgarlo correctamente, es preciso contemplar sin prejuicios el obrar de los impulsos cristianos. El que comprende el haeckelismo y el darwinismo y conoce un poco lo que Haeckel no alcanzó a conocer - Darwin, en cambio, sabía ciertas cosas - comprenderá que el dar­winismo sólo fue posible como movimiento cristia­no y que consiguientemente conduce a la idea de la reencarnación. Quien, además, posee cierta fuerza clarividente, llegará, por este camino, al origen espiritual del género humano. Ciertamente, es un camino más lar­go pero, con la ayuda de la clarividencia, un correcto camino que del haeckelismo conduce a la concepción espi­ritual del origen de la evolución terrestre. Pero también puede suceder que, sin compenetrarse del principio vi­tal del darwinismo, se lo tome tal como hoy se presen­ta; dicho de otro modo: si se toma al darwinismo como impulso, sin poseer la viviente comprensión del cristia­nismo que le es inherente, se llegará a algo extraño. Con semejante disposición anímica no se comprenderá ni el cristianismo, ni el darwinismo; pues se estará lejos del verdadero espíritu, tanto del cristianismo como del dar­winismo. En cambio quien se compenetre del genuino espíritu del darwinismo, por materialista que fuere, será capaz de remontarse en la evolución terrestre, al punto de reconocer que jamás el ser humano puede haberse desenvuelto de formas animales inferiores, sino que necesariamente debe de ser de origen espi­ritual. Remontándose, se llega al punto en que se per­cibe al hombre como ser espiritual, apareciendo en lo alto sobre el mundo terrenal. Empero, quien se aleje de ese buen espíritu puede creer, si es adep­to a la idea de reencarnación, que en alguna encar­nación pasada él mismo puede haber vivido como mono. El verdadero darwinismo jamás puede conducir a semejante creencia. Si al darwinismo no se le quita lo cristiano, se verificará que hasta en nuestro tiempo los impulsos darwinianos surgieron del impulso de Cristo, y que los impulsos cristianos ejercen su influencia, incluso donde se los niega. Resulta pues que tenemos no solamente el fenómeno que en los primeros siglos el cris­tianismo se difunde aisladamente de la erudición y el saber de los adeptos; que en la Edad Media los doctos escolásticos contribuyen muy poco a su difusión, sino que también tenemos el fenómeno paradójico que el cristianismo, como contra-imagen, aparece en el darwi­nismo. Toda la grandeza de la idea del darwinismo re­cibió de los impulsos cristianos su energía; y estos im­pulsos que le son inmanentes, conducirán de por sí a que esta ciencia supere al materialismo. ¡Hay algo curioso en los impulsos cristianos! Parece que nada contribuyen a su difusión, la intelectualidad, el saber, la erudición y el conocimiento. Diríamos que el cristianismo se extiende, no importa el pensar en su favor o en su contra; más aun, que en el moderno materialismo aparece, en cierto modo, como convertido en lo contrario. ¿Qué es lo que se extiende? No son las ideas del cristianismo, no es la ciencia cristiana, lo que se extiende. Se podría afirmar: lo que se extiende es el sentimiento moral que el cristianismo infundió a la hu­manidad. Pero si se considera la moralidad que en aquel tiempo imperaba, se verá justificado mucho de cuanto se describe como enfurecimiento de los adeptos al cris­tianismo contra sus adversarios efectivos o supuestos. Ni tampoco puede impresionarnos la moralidad que reinaba en las almas de alta cultura intelectual, incluso en su pensar realmente cristiano. ¿Qué es lo singular que se di­funde? ¿Qué es lo que triunfalmente se expande en  el mundo? Preguntemos lo que al respecto nos dice la cien­cia espiritual, el conocimiento clarividente. ¿Qué es lo que impera y obra en los hombres incultos que desde el Este penetran en el helenismo y romanismo altamente cultos? ¿Qué impera en aquellos que llevan el cristianis­mo al ajeno mundo germánico? ¿Qué es lo que impera en la moderna ciencia natural materialista en que, en cierto modo, la doctrina todavía cubre su rostro con un velo? En fin, ¿qué es lo que reina en todas esas almas, si no son impulsos intelectuales, ni siquiera morales? Es el Cristo mismo quien va de corazón a corazón, de alma a alma; quien pasa por el mundo, poco importa que en el correr de los siglos las almas le comprendan o no. Debemos prescindir de nuestros conceptos, de toda Ciencia; señalar lo que es la realidad y hacer ver que el Cristo mismo, misteriosamente, obra en millares de impulsos, tomando forma en las almas, compenetrando y  estando presente en miles y miles de hombres. En los hombres sencillos es el Cristo mismo quien anda por el mundo griego e itálico; más tarde, es el Cristo mismo quien anda junto a los maestros que llevan el cristianismo a los pueblos germánicos; es El mismo, el verdadero Cristo quien realmente va de lugar a lugar, de alma a alma; quien penetra en ellas; no importa lo que ellas mismas piensen acerca del Cristo. Lo voy a comparar con algo trivial: cuántos hombres hay que nada entien­den de la composición de los alimentos y que, no obs­tante, se nutren primorosamente. Nutrirse, nada tiene que ver con entender algo de las substancias alimenti­cias. Lo característico es que la penetración del cristianismo en el mundo, de ninguna manera dependía de la comprensión de parte de los hombres. He aquí un se­creto que sólo se puede esclarecer si se contesta la pre­gunta: ¿Cómo obra el Cristo mismo en el ánimo del hombre? Con respecto a esta pregunta la atención de la ciencia espiritual es atraída por un acontecer cuyo significado, en el fondo, sólo puede revelarse por la vi­sión clarividente, un acontecimiento que concuerda ple­namente con lo que acabo de exponer. Además, vere­mos que ya pasó el tiempo en que de la manera caracte­rizada el Cristo influyó en la evolución; ahora ha llega­do el tiempo en que es necesario que los hombres lleguen a conocer, a comprender al Cristo. Por la misma razón también es preciso contestar la pregunta por qué a nuestra época había precedido la otra en que el impulso de Cristo pudo extenderse sin ha­ber sido comprendido. El acontecimiento a que la con­ciencia clarividente es conducida, es el de Pentecostés, la Venida del Espíritu Santo. La visión clarividente, sus­citada por la realidad del impulso de Cristo, en sentido antroposófico; primero fue dirigida al acontecimiento de Pentecostés, la Venida del Espíritu Santo. ¿Qué sucedió en aquel instante de la evolución terres­tre, el cual, al principio bastante incomprensible, se nos describe como el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles? Si se investiga con la vista clarividente lo que allí sucedió, la ciencia espiritual obtiene una respuesta, una explicación de lo que se relata: que hombres sencillos, como también lo eran los apóstoles, súbitamente comienzan a hablar en otras lenguas, diciendo lo que desde las profundidades del espíritu debían expresar, y que de ellos no se esperaba. Realmente, en aquel mo­mento el cristianismo, los impulsos cristianos, comenza­ron a difundirse de una manera independiente de la comprensión de parte de los hombres entre los que se propagaba. Partiendo del acontecer de Pentecostés fluye la co­rriente que hemos caracterizado. ¿Qué fue, en realidad, ese acontecimiento de Pentecostés? Para la ciencia espiritual surgió esta pregunta; y el Quinto Evangelio co­mienza con la respuesta que la misma ciencia espiritual puede dar a esta pregunta.             



“SEGUNDA CONFERENCIA”


Empecemos por contemplar, -como lo hemos enun­ciado- el acontecimiento de Pentecostés. En la primera conferencia ya se ha aludido a que la mirada de la in­vestigación clarividente, primero ha de dirigirse a dicho acontecer; pues éste se presenta a la visión retrospecti­va cual un despertar que ha sido experimentado, en el día que por la fiesta de Pentecostés se conmemora, por las personalidades generalmente llamadas los apóstoles o discípulos de Cristo Jesús. No es fácil evocar una ima­gen exacta de los respectivos fenómenos, sin duda extra­ños; y, con el fin de obtener una idea exacta con relación al tema de este ciclo de conferencias, será necesario recordar, digamos, en la profundidad del alma, mucho de lo tratado en anteriores contemplaciones antroposó­ficas. En aquel momento, los apóstoles tuvieron la sensación de un despertar, la sensación de que durante mucho tiempo habían vivido en un inusitado estado de con­ciencia. Efectivamente, fue cual un despertar de un profundo sueño, pero un sueño extraño, un estado onírico, de tal manera -estoy hablando del estado de conciencia de los apóstoles mismos- que en todo momento, como hombre regularmente sano, se cumple con los quehace­res cotidianos, de modo que los demás ni se dan cuenta de que uno se halla en otro estado de conciencia. De to­dos modos, llegó el momento en que los apóstoles tuvieron la sensación de haber pasado varios días en un es­tado de ensoñación, del cual despertaron con el aconte­cimiento de Pentecostés. Este despertar lo experimenta­ron de un modo singular: tuvieron la sensación de que del universo hubiera bajado sobre ellos algo que sólo podría llamarse la substancia del amor cósmico. Los apóstoles sintiéronse como despertados del citado esta­do onírico y fecundados desde lo alto por el amor que impera en todo el universo. Tuvieron la sensación de haber sido despertados por todo aquello que como la prís­tina fuerza del amor compenetra y da calor al universo, como si la prístina fuerza del amor hubiera penetrado en el alma de cada uno de ellos. A los demás, al observarlos como entonces hablaban, les causaba una extraña, impre­sión; pues sabían que los apóstoles habían vivido, hasta entonces, de una manera sumamente sencilla, si bien en los últimos días algunos se habían comportado de un modo algo extraño, como sumergidos en la ensoñación. Pero ahora parecieron hombres transformados, que efec­tivamente habían adquirido un estado del alma total­mente nuevo; hombres que habían dejado atrás toda estrechez y todo egoísmo de la vida, y que habían ganado infinita amplitud del corazón y extensa tolerancia inte­rior, junto con una profunda comprensión por todo lo humano sobre la tierra. Además, tuvieron la capacidad para expresarse de tal manera que cualquiera los enten­día. En cierto modo dieron la impresión de que eran ca­paces de mirar en el corazón y el alma del prójimo para descubrir los profundos secretos del alma y poder con­fortar y decir lo que cada uno necesitaba. Naturalmente, causó asombro que semejante transfor­mación pudiera producirse en unos cuantos hombres. Ellos mismos, que por el espíritu del amor cósmico ha­bían sido despertados, sintieron en sí mismos una nueva comprensión; comprendieron lo que, por cierto, en ínti­ma comunidad de las almas había tenido lugar, pero sin haberlo entendido antes. Ahora, en aquel instante, sur­gió ante el ojo del alma, la comprensión de lo realmente sucedido en Gólgota. Y si miramos en el alma del após­tol a quien en los otros Evangelios se llama Pedro, su in­terior anímico revela a la visión clarividente retrospecti­va que, a partir del instante que en los otros Evangelios es llamado la negación, su conciencia terrenal en cierto sentido había quedado como totalmente cortada. Aho­ra, en cierto modo percibió aquella escena de la nega­ción, cuando le habían preguntado si él había estado con el Galileo; ahora estuvo consciente de que en aquel momento lo había negado, porque su conciencia se ha­bía ofuscado y había entrado en un estado parecido a lo onírico, como alejado a un mundo totalmente distinto. Fue para él como cuando alguien, al despertar, recuerda lo sucedido el día anterior antes de haberse dormido. Así también recordó Pedro lo que comúnmente se llama la negación; el haber negado tres veces, antes que el gallo hubiera cantado dos. Y así como se va haciendo de no­che, sobrevino ahora un estado intermedio de la conciencia de Pedro; pero no un estado lleno de imágenes de ensueño sino de visiones como de una conciencia su­perior, un participar de hechos puramente espirituales. Todo lo que desde aquel entonces había sucedido y que Pedro, en cierto modo, había presenciado durmiendo, surgió ahora ante su alma como de un ensueño clarivi­dente. Ante todo llegó a percibir el acontecimiento, del que realmente puede decirse que lo había presenciado durmiendo, porque para su plena comprensión se requie­re la fecundación por el amor cósmico universal. Ahora percibió las imágenes del Misterio de Gólgota al como con la conciencia clarividente retrospectiva podemos evocarlas, si establecemos las condiciones pertinentes. Francamente, no es fácil decidirse a expresar con pa­labras lo que se revela al penetrar con la mirada en la conciencia de Pedro y los demás que estuvieron reuni­dos en aquella fiesta de Pentecostés; sólo con el más hondo respeto es posible hablar de estas cosas. Diría que emociona sobremanera saber que se pone pie en suelo sagrado de la conciencia humana al expresar con palabras lo que aquí se abre a la visión del alma. A pe­sar de ello y a raíz de ciertas condiciones anímicas de nuestro tiempo, resulta necesario hablar de estas cosas; pero plenamente consciente de que vendrán tiempos distintos a los nuestros, tiempos que considerarán estas cosas con mayor comprensión que los nuestros. Pues para comprender mucho de lo que al respecto hemos de decir, será preciso que el alma humana se libre de diversos elementos que ella necesariamente contiene, debido a la civilización de la época. En primer lugar, la visión clarividente percibe algo que parece ofender a la actual conciencia científico-natural. No obstante, me veo precisado a expresar con pa­labras, lo mejor que pueda, lo que a la visión del alma se presenta. No tengo la culpa si lo que debo decir acaso penetre en almas no suficientemente preparadas y luego sea exagerado, de modo que no pueda sostenerse frente a conceptos de la ciencia actual. La visión clarividente es atraída por un cuadro que presenta una realidad, a la cual también en los otros Evangelios se alude, pero que de todos modos ofrece un singular aspecto dentro de la profusión de imágenes que la visión clarividente retrospectiva percibe. Esta vi­sión es efectivamente atraída por un obscurecimiento terrestre. Se reproduce la sensación del singular ins­tante en que durante horas, como en el caso de un intenso eclipse solar, el sol físico sobre Palestina, sobre el lugar de Gólgota, se había obscurecido. Da la impresión, la que incluso ahora la clara visión cien­tífico-espiritual es capaz de verificar cuando real­mente sobreviene un eclipse solar; que en tal momento, para la visión del alma, todo lo que circunda al hom­bre se presenta de un modo totalmente distinto. De­jo aparte todo lo producido por el arte y la técnica hu­manas en cuanto al aspecto que ofrece el eclipse solar. Se requiere un ánimo fortalecido y la certeza de que to­do eso debió producirse para resistir a las potencias de­moníacas que durante un eclipse solar se alzan de la gro­sera técnica exterior. Mas no quiero extenderme sobre este asunto, sino llamar la atención sobre el hecho de que en tal momento se presenta lleno de luz lo que, de otro modo, sólo se alcanza por muy difíciles meditacio­nes: se percibe entonces de manera distinta todo lo vege­tal y lo animal; cada mariposa presenta un aspecto dis­tinto. Es algo que en profundo sentido conduce a la convicción de que en el cosmos existe una íntima relación entre la vida sobre la tierra y una vida espiritual que per­tenece al sol y que en cierto modo tiene su cuerpo físico en lo que como sol se percibe. Y cuando la luz física forzadamente se obscurece porque se interpone la luna, no es lo mismo que cuando de noche simplemente no hay sol. Durante el eclipse solar el aspecto de lo terrestre que nos circunda es muy distinto del simplemente nocturno. Cuando hay eclipse solar, se nota un erigirse de las almas grupales de vegetales y animales; un debilitarse de la corporeidad física de vegetales y animales, y un esclarecer de todo lo que representa el modo de ser del alma gru­pal. Todo lo expuesto lo percibe la visión retrospectiva clarividente si se dirige hacia el instante que, dentro de la evolución terrestre, se denomina el Misterio de Gólgota. Entonces surge algo que podría describirse así: se aprende a descifrar lo que significa aquel singular signo de la naturaleza que a la visión clarividente retros­pectiva se presenta en el cosmos. Repito que no es cul­pa mía si me veo precisado a leer, según la escritura oculta, un fenómeno de la naturaleza por lo demás común que tuvo lugar justamente en aquel punto de la evolución terrestre; a leerlo, tal como espontáneamente se presenta, en contradicción con todo conocimiento materialista actual. Es como cuando se abre un libro y se lee lo allí escrito; lo mismo ocurre al presentarse, aquel fenómeno cuyos mismos signos indican lo que de­be leerse. Esos signos del cosmos nos obligan a leer lo que la humanidad debe llegar a conocer. Da la impresión de una palabra escrita en el cosmos, un signo cósmico. ¿Qué es lo que lee allí el alma que se abre? En la conferencia anterior he expuesto que al llegar la época de la cultura griega, la humanidad alcanzó un nivel evolutivo que en Platón y Aristóteles se elevó a un muy alto grado de desarrollo del alma humana y de la intelectualidad. En muchos respectos, en los tiempos posteriores, el saber alcanzado por Platón y Aristóteles no fue supera­do, pues en cierto modo la intelectualidad había llega­do a un nivel supremo. Si se considera este saber inte­lectual que por el actuar de predicadores viandantes, precisamente en la época del Misterio de Gólgota, se había popularizado enormemente en las penínsulas griega e itálica, si se considera que dicho saber se había difundido de una manera que hoy no se comprende, se tiene la impresión comparable a un leer de aquel signo oculto que, escrito en el cosmos, apareció. Con la con­ciencia clarividente así desarrollada nos decimos enton­ces; todo este saber que la humanidad ha reunido, a que en el tiempo precristiano se ha elevado, tiene como sig­no la Luna, la cual, para el punto de vista terrenal, anda por el universo; ese signo es la Luna porque para la cog­nición superior de la humanidad este saber no ha actua­do como para esclarecer, para dar solución a enigmas, sino para obscurecer, tal como por el eclipse solar, la lu­na obscurece al sol. He aquí lo que se lee. Todo el saber de aquel tiempo no esclareció, sino que obscureció el enigma del mundo; y el clarividente perci­be el obscurecimiento por el saber del tiempo antiguo, de las regiones espirituales superiores del mundo, saber que se colocó ante el verdadero conocimiento, tal como la luna eclipsa al sol cuando se produce el eclipse solar. Y el acontecimiento exterior se convierte en expresión de que la humanidad había alcanzado un grado de desa­rrollo en que el saber adquirido dentro de la esfera de la humanidad misma, se colocó ante el conocimiento supe­rior, como la luna ante el sol, en el eclipse solar. En aquel obscurecimiento del sol se percibe escrito en el cosmos, mediante un grandioso signo de la escritura oculta, el obscurecimiento solar de la humanidad, den­tro de la evolución terrestre. He dicho que la conciencia humana del presente lo sentirá como una ofensa, porque ya no tiene capacidad para entender el obrar del espíritu en el universo. No quiero hablar de milagros en sentido corriente, o sea de un quebrantar las leyes de la natura­leza, pero no puedo menos de enunciar cómo aquel obscurecimiento del sol puede leerse, y que no hay otra al­ternativa que mirar con el alma y, en cierto modo, leer lo que aquel fenómeno de la naturaleza expresa: con el saber lunar se había producido un obscurecimiento, frente al mensaje solar superior. Entonces aparece ante la conciencia clarividente la imagen de la Cruz de Gólgota con el cuerpo de Jesús, en­tre los dos ladrones. Y luego otra imagen la que se man­tiene tanto más firme cuanto más se trata de rehuirla ­la imagen del Descendimiento de la Cruz y de la Sepul­tura. Con ella se presenta otro grandioso signo, escrito en el cosmos, y que debe leerse para entenderlo como un símbolo de lo realmente sucedido dentro de la evolución de la humanidad: al contemplar con la mirada del alma, la imagen del Jesús descendido de la cruz y la de la Sepultura, se experimenta un sacudimiento, producido por un terremoto que tuvo lugar en aquella región. Es de esperar que a su tiempo la ciencia natural comprenderá mejor la relación entre este terremoto y el obs­curecimiento del sol, pues ya existen, aunque en forma incoherente, ciertas teorías que señalan una relación en­tre eclipse solar y terremoto e incluso explosiones en mi­nas. Aquel terremoto ocurrió a consecuencia del eclipse solar. Ese mismo terremoto sacudió el sepulcro en que se había puesto el cuerpo de Jesús y arrastró la piedra que allí se había colocado; se abrió una hendidura y ella acogió al cuerpo. Un nuevo sacudimiento volvió a cerrar la hendidura sobre el cuerpo. Cuando a la mañana siguiente acudió la gente al sepulcro, éste estaba vacío, porque la tierra había acogido al cuerpo de Jesús; mas la piedra se encontraba al lado de la tumba. Contemplemos una vez más la sucesión de las imágenes. En la cruz de Gólgota muere Jesús. Cae la obscuri­dad sobre la tierra. En el sepulcro abierto se pone el cuerpo de Jesús. Un temblor sacude el suelo, y la tierra acoge al cuerpo de Jesús. La hendidura producida por el temblor, vuelve a cerrarse; la piedra es arrastrada a un lado. Son sucesos que efectivamente ocurrieron y debo describirlos de esta manera. Por más argumentos en con­tra que los hombres de la ciencia natural aporten, la vi­sión clarividente lo ve tal como acabo de relatarlo. Y si alguien quisiera sostener que no es posible que en el cos­mos apareciese, como poderoso lenguaje en signos, un símbolo como expresión de que algo nuevo ha entrado en la evolución de la humanidad; si alguien quisiera de­cir que las potencias divinas no escriben en la tierra, por medio de semejante lenguaje en señas, como, por ejem­plo, un obscurecimiento del sol y un terremoto, yo res­pondería: respeto vuestra creencia de que no puede ser; pero sin embargo, es verdad que sucedió. Me imagino que un Ernesto Renán; quien escribió aquel curioso libro Vida de Jesús, diría: semejantes cosas no merecen fe; sólo se cree lo que se puede reproducir experimen­talmente. Pero esto es insostenible, pues Renán segura­mente cree que existió el período glacial, aunque no es posible reproducirlo experimentalmente. Es absolutamente imposible retraer la época glacial; sin embargo, todo naturalista cree que existió. También es imposible que aquel signo cósmico vuelva a presentarse a la huma­nidad. No obstante, tuvo lugar. Únicamente por la visión clarividente podemos abrir el camino hacia esos acontecimientos, si ante todo ahon­damos la mirada en el alma de Pedro u otro de los após­toles que en la fiesta de Pentecostés se sintieron fe­cundados por el amor cósmico universal. Únicamente si con la visión penetramos en el alma de esos hombres para percibir lo que en ellos vivió, nos será posible - por este camino más largo - llegar a la visión de la Cruz de Gólgota, el obscurecimiento y el temblor que le siguió. No se niega, de modo alguno, que en sentido físico aquel obscurecimiento y el terremoto fueron fenómenos comunes a la naturaleza. Empero, para el que los exami­na a través de la clarividencia, aparecen tal como lo he expuesto; y esto lo afirma decididamente quien en su al­ma ha creado las condiciones pertinentes. En la concien­cia de Pedro lo expuesto fue, efectivamente; algo que en el contorno del largo sueño se cristalizó. En la conciencia de Pedro, entre diversas imágenes, se destacaron cla­ramente: la Cruz de Gólgota, el obscurecimiento y el temblor, como primeros frutos de la fecundación de Pentecostés, por el amor cósmico. Entonces supo, lo que antes, efectivamente, había ignorado: que el cuerpo en la cruz era el mismo con el cual muchas veces en la vida había caminado. Ahora fue consciente de que Jesús murió en la cruz, pero que en verdad esa muerte fue un na­cimiento, el nacimiento del Espíritu que en la fiesta de Pentecostés, como amor universal se derramó en el alma de los apóstoles. Pedro lo sintió como un resplandor del amor eterno, el amor que reina por los siglos de los si­glos. Lo sintió como aquello que nació, cuando Jesús murió en la cruz. Y en el alma de Pedro se suscitó la grandiosa verdad: es simplemente apariencia que en la cruz haya tenido lugar una muerte. En verdad, esa muerte, a la que había precedido infi­nito sufrimiento, fue el nacimiento del cual ahora un resplandor penetró en el alma de Pedro, con la muerte de Jesús nació para la Tierra aquello que antes, por to­das partes, se había encontrado fuera de ella: el amor cósmico universal. En forma abstracta, parece fácil pro­nunciar semejantes palabras, sin embargo, hemos de te­ner presente que el alma de Pedro por primera vez lo sin­tió: para la Tierra nació lo que antes sólo había existido en el cosmos; nació en el instante en que Jesús de Naza­reth murió en la cruz de Gólgota. La muerte de Jesús de Nazareth fue el nacimiento, dentro de la esfera de la tie­rra, del amor cósmico. He aquí, en cierto modo, la primera revelación que se nos da en lo que llamamos el Quinto Evangelio. Con lo que en el Nuevo Testamento se describe como la Veni­da, el derramar del Espíritu, comienza lo que acabo de relatar. Por todo el estado de su alma, los apóstoles úni­camente habían sido capaces de presenciar con concien­cia anormal el acontecimiento de la muerte de Jesús de Nazareth. Otro momento más de lo vivido debieron recordar Pe­dro, como asimismo Juan y Jacobo: aquella escena que sólo por el Quinto Evangelio se nos presenta en toda su grandeza. Aquel con quien allí habían caminado, los ha­bía conducido al monte y les había dicho: ¡velad! Pero ellos habían quedado dormidos. Ya había empezado aquel estado de sus almas que cada vez más se intensifi­caba: la conciencia normal se adormecía; ellos caían en un sueño que se mantenía durante el acontecimiento de Gólgota. De este sueño irradió lo que, balbuceando, aca­bo de relatar. Pedro, Juan y Jacobo recordaron que ha­bían caído en ese estado, y ahora, para la mirada retrospectiva, aparecieron, al principio opacamen­te los grandes acontecimientos que habían tenido lugar en torno al cuerpo terrenal de Aquel con quien habían caminado. Lentamente, tal como ensueños olvidados vuelven a surgir, aparecieron en la concien­cia y en el alma de los apóstoles aquellos sucesos. En esos días no los habían presenciado con conciencia nor­mal. Ahora, todo apareció para la conciencia normal; apareció todo el tiempo vivido desde el acontecer de Gólgota hasta Pentecostés. Tuvieron la sensación de que ese tiempo lo habían pasado como sumergidos en un profundo sueño. Ahora, a la visión retrospectiva, les apareció, día por día, el tiempo pasado entre el Misterio de Gólgota y la así llamada Ascensión de Cristo Jesús. Lo habían vivido pero sólo ahora surgió de una manera muy singular. Pido perdón por insertar una observación personal: debo decir que me sorprendió sobremanera la visión de lo que surgió en el alma de los apóstoles, lo que ellos ha­bían vivido en el tiempo entre el Misterio de Gólgota y la Ascensión. Es extraño cómo se suscitó la visión en el alma de los apóstoles. Surgieron imágenes como esta: ciertamente, tú estuviste reunido, te encontraste con lo que nació en la cruz; como si al despertar a la mañana, se recordase cual un sueño: durante la noche estabas reunido con este o aquel. De un modo extraño surgieron los distintos acontecimientos en el alma de los apóstoles, y siempre se preguntaron: ¿pero quién es Aquel con quien estamos reunidos? Y siempre de nuevo fallaron en conocerle. Sabían: es seguro que con El habíamos cami­nado, pero no reconocieron la figura con la que habían estado y que ahora apareció en la imagen, al haber reci­bido la fecundación por el amor universal. Se vieron a sí mismos caminando, después del Misterio de Gólgota con el Cristo. También percibieron que entonces El les había dado enseñanzas acerca del reino del Espíritu. Aprendieron a comprender que durante cuarenta días habían caminado con ese Ser que nació en la cruz, y que ese Ser - el amor universal que del cosmos nació en la Tierra - había sido su maestro, pero que no habían llega­do a la madurez para comprender su enseñanza; que con subconscientes fuerzas del alma le habían escuchado, y que como sonámbulos habían caminado al lado del Cris­to, sin poder concebir con el intelecto común lo que ese ser les enseñaba. Durante esos cuarenta días le habían escuchado con la conciencia extraña, la que sólo ahora, al haber experimentado el acontecer de Pentecostés, despertó en ellos. Como sonámbulos habían escuchado. El les había aparecido como el maestro espiritual, y les ha­bía revelado secretos que ellos sólo comprendían, porque Él los había puesto en otro estado de conciencia. Sólo ahora vieron claramente que habían caminado con el Cristo resucitado, y ahora comprendieron lo que había sucedido. ¿Cómo llegaron a comprender que realmen­te habían estado con Aquel con quien, en su cuerpo, an­tes del Misterio de Gólgota habían caminado? Lo com­prendieron de la siguiente manera. Supongamos que, después de Pentecostés, ante el al­ma de uno de los apóstoles haya aparecido esta imagen:  vio que había caminado con el Resucitado pero no le reconoció. Vio un ser celeste espiritual, sin conocerlo. Se añadió entonces, mezclándose con la imagen puramente espiritual, otra imagen, la que representaba un acontecer que los apóstoles realmente habían vivido, antes del Mis­terio de Gólgota, con Cristo Jesús: una escena donde el Cristo les había hablado del secreto del Espíritu; pero sin que ellos hubiesen reconocido al Cristo, sino encon­trándose frente a un ser espiritual. Para conocer a éste, la imagen se transformó, manteniéndose ella misma, a la vez en la de la Ultima Cena que ellos habían celebrado con Cristo Jesús. Hay que imaginarse que tal apóstol tu­vo la visión suprasensible de haber caminado con el Re­sucitado y, detrás de esta imagen, la de la Ultima Cena. De esta manera los apóstoles reconocieron que Aquel con quien en el pasado habían caminado fue el mismo que el que ahora, en la apariencia que El había adoptado después del Misterio de Gólgota, les enseñó. Fue un total confluir del recuerdo correspondiente al estado de conciencia que en cierto modo había sido un estado de sueño, con las imágenes de recuerdo del tiempo anterior. Como dos imágenes, una sobre la otra, lo experimentaron: la imagen tomada de lo vivido después del Misterio de Gólgota, y la otra, con su luz del tiempo anterior al ofuscamiento de su propia conciencia. Así reconocieron la unidad: la entidad del Resucitado y aquel con quien, breve tiempo atrás, en el cuerpo físico, habían camina­do. Ahora pudieron decirse: antes de nuestro despertar en virtud de haber sido fecundados por el amor univer­sal, habíamos estado como enajenados de nuestro esta­do de conciencia común. Y el Cristo resucitado estaba con nosotros; El nos acogía inconscientes en su reino, caminaba con nosotros revelándonos los secretos de su reino; secretos que ahora, después del Misterio de Pente­costés aparecen como un sueño. Causa realmente asombro este coincidir de las imágenes de los apóstoles: una de lo vivido con el Cristo des­pués de Gólgota, y otra antes del Misterio de Gólgota, la de lo vivido conscientemente, en el cuerpo físico, con el Cristo Jesús. Con lo que precede hemos comenzado a comunicar lo que puede leerse en el así llamado Quinto Evangelio; y para terminar este primer anuncio, deseo agregar algunas palabras que también deben decirse, aparte de aquellos hechos. En cierto modo, siento el deber oculto de hablar, en nuestro tiempo, de estas cosas. Sé muy bien que vivimos en una época en que para el cercano porvenir de la humanidad, están preparándose diversos cambios, y que nosotros, dentro de la Sociedad Antroposófica, de­bemos concebir la idea de que hay algo que en el alma humana necesariamente debe prepararse para el futuro. Vendrán tiempos en que será posible hablar de estas co­sas de una manera muy distinta de lo que nuestro tiem­po permite. Todos pertenecemos a esta época; pero se acerca un tiempo en que será posible hablar de un modo más exacto, en que probablemente mucho de lo que ahora sólo puede conocerse en principio, se conocerá por la crónica espiritual del devenir de un modo mucho más exacto. Estos tiempos vendrán, por más que la humanidad actual lo considere fuera de lo previsible. Preci­samente por esta razón es, en cierto sentido, una obliga­ción hablar de ello. Si bien me cuesta mucho hablar de este tema, predomina, no obstante, el deber frente a lo que en nuestro tiempo tiene que prepararse; y esto me ha conducido a hablar sobre este tema, ahora por prime­ra vez, en esta ciudad. Si digo que me cuesta mucho, hay que entenderlo tal cual lo expreso. Pido explícitamente tomar como una suerte de alusión lo que ahora expongo, como algo que ciertamente en tiempos venideros podrá decirse mejor y mucho más exactamente. Una observación personal explicará mejor el porqué vacilo en hablar sobre este te­ma. Sé muy bien que para la investigación espiritual a que me dedico, resulta a veces bastante difícil, precisamente cuando se trata de cosas de esta índole, descifrar la escritura espiritual del mundo; y no sería nada extra­ño si a la palabra "alusión" hubiera que darle un signi­ficado más amplio de lo que ahora podría parecer. De ningún modo quiero decir que ya ahora soy capaz de in­terpretar exactamente lo que figura en la escritura espi­ritual, pues siento cierta dificultad para leer las imáge­nes de la Crónica del Akasha que se refieren al Cristianis­mo. Sólo con cierto esfuerzo logro cristalizar y conser­var las imágenes. Considero que según mi karma tengo el deber de expresar lo que acabo de decir. No cabe du­da que todo lo haría con menos esfuerzo si en mi in­fancia hubiera recibido al igual que otros coetáneos­ una educación realmente cristiana, la que no se me ha dado, pues me he criado en un ambiente enteramente racionalista. He sido educado de un modo puramente científico; debido a ello no me es fácil encontrar las co­sas, de las que tengo el deber de hablar. Por dos razones me permito hacer esta advertencia personal: primero, porque precisamente ahora, de mala fe, se ha difundido una disparatada difamación en cuan­to a relaciones que yo haya tenido con ciertas corrien­tes católicas; de lo cual ni una sola palabra es verdad. Semejante imputación ha tenido su origen en círculos teosóficos; y esto hace ver a qué extremo ha llegado lo que a veces suele llamarse Teosofía. Las circunstancias nos obligan a no pasarlo por alto, sino a contraponerle la verdad. Por otra parte, debido a que, cuando joven, estuve ajeno al cristianismo, me siento tanto más libre frente a él y creo que sólo por el espíritu he sido condu­cido al cristianismo y al Cristo. Creo que precisamente en este campo tengo el derecho de hablar imparcialmen­te y sin prejuicios. Quizás, en esta hora de la historia universal, se dará más crédito a la palabra de un hombre de cultura científica, el que, cuando joven, estuvo ajeno al cristianismo, que a uno que desde su infancia haya tenido contacto con él. Con estas palabras también se alu­de a lo que vive en mí mismo, si ahora tengo que hablar de los misterios del así llamado Quinto Evangelio.


“TERCERA CONFERENCIA”


Si en la conferencia anterior he dicho que en el mo­mento de la fiesta de Pentecostés, las personalidades a quienes llamamos los apóstoles de Cristo Jesús, experi­mentaron, en cierto sentido, un despertar, esto no quie­re decir que en ese mismo momento todo aquello que tengo que exponer como contenido del Quinto Evan­gelio, haya estado presente, en la misma forma en que lo relato, en la clara y plena conciencia de los apóstoles. Ciertamente, si con el conocimiento clarividente se pe­netra en el alma de ellos, se descubren allí aquellas imá­genes; sin embargo, en los apóstoles mismos, todo vivió no tanto como imagen sino que existió, por decirlo así, como vida, como experiencia espontánea, como senti­miento y potencia del alma. Lo que entonces los apósto­les pudieron expresar, dando el impulso inicial de la evo­lución cristiana, y que incluso a los griegos de aquel tiempo dejó maravillados; lo que en los apóstoles hubo como potencia del alma, potencia del ánimo, era fruto de lo que en su alma vivió como fuerza viviente del Quinto Evangelio. Pudieron hablar y obrar de esa mane­ra porque tuvieron en el alma lo que nosotros descifra­mos como contenido del Quinto Evangelio, si bien no lo dieron con las mismas palabras con que ahora correspon­de relatarlo. Pues ellos habían recibido, por una suerte de despertamiento, la fecundación por el amor cósmico Universal; y como fruto de tal fecundación siguieron obrando. A través de ellos obró lo que el Cristo había llegado a ser. Y esto nos conduce al punto en que, en sentido del Quinto Evangelio, nos toca hablar de la vida terrenal de Cristo. Para los conceptos que imperan en nuestro tiempo no es fácil expresar con palabras, de que aquí se trata. Pero mediante diversos conceptos e ideas de la ciencia espiri­tual podemos acercarnos a este supremo misterio terres­tre. Para comprender la entidad de Cristo es preciso em­plear, en forma modificada, conceptos que ya poseemos por nuestras contemplaciones científico-espirituales. Partamos, para comprender de qué se trata, de lo que comúnmente se llama el bautismo en el Jordán el cual, con respecto a la vida terrenal de Cristo, se nos presenta en el Quinto Evangelio como una concepción humana terrenal: lo comprenderemos si la vida de Cristo desde el bautismo hasta el Misterio de Gólgota, la comparamos con el desenvolvimiento del germen humano en el seno de la madre. Quiere decir que en cierto sentido fue una vida embrionaria la que el Cristo vivió desde el bautis­mo en el Jordán hasta el Misterio de Gólgota. Y el Mis­terio de Gólgota mismo, lo hemos de comprender como el nacimiento terrenal; o sea, la muerte de Jesús como el nacimiento terrenal del Cristo. Su vida terrenal, en senti­do propio, debe buscarse después del Misterio de Gólgo­ta, cuando el Cristo estuvo con los apóstoles quienes entonces habían vivido en otro estado de conciencia, tal como lo he explicado en la conferencia anterior. Esto es lo que siguió al verdadero nacimiento del Cristo. Lo que se describe como la Ascensión y, después, la Venida del Espíritu, debe entenderse en sentido igual que aquello que, al producirse la muerte del hombre, consideramos como el entrar en los mundos espirituales. La ulterior vi­da de Cristo dentro de la esfera terrestre, a partir de la Ascensión, o bien, del acontecimiento de Pentecostés, debe compararse con la vida del alma humana en el así llamado devacán, o país del espíritu. Resulta, pues, que en el Cristo se nos presenta una entidad frente a la cual hemos de modificar todos los con­ceptos que hasta ahora, con respecto a la sucesión de los distintos estados de la vida humana, hemos adquirido. Después del breve tiempo intermedio, llamado purgatorio (Kama-Loka), el hombre pasa al mundo espiritual, para preparar su próxima vida terrenal, vale decir que después de la muerte el hombre entra en una vida espi­ritual. A partir del acontecer de Pentecostés, el Cristo experimentó el penetrar en la esfera de la Tierra lo que para El fue lo que para el hombre es el traspaso al país del espíritu. En vez de entrar en una región espiritual, el devacán, como sucede para el hombre después de la muerte, el Cristo hizo el sacrificio de establecer, o bien, de buscar su cielo en la Tierra. El hombre deja la tierra, para cambiar esta su morada por la del cielo. El Cristo, en cambio, dejó el cielo para cambiar su morada celestial  por la de la tierra. Hay que contemplarlo bien para sen­tir profundamente lo que tuvo lugar por el Misterio de Gólgota y lo que hizo el Cristo: que su sacrificio consistió en que El ha dejado las esferas espirituales para vivir con la Tierra y con los hombres sobre ella; para prose­guir por este impulso la evolución de la humanidad so­bre la Tierra. Con esto se evidencia que antes del bautis­mo en el Jordán, esta entidad no había pertenecido a la esfera terrestre; ella vino a la Tierra desde esferas extraterrenales. Y lo vivido entre el bautismo y el acontecimiento de Pentecostés, debió cumplirse para transformar el ser celeste del Cristo en la entidad terrenal. Es de infinita importancia el que este misterio se ex­prese con las palabras: desde el acontecer de Pentecos­tés, el Cristo está con las almas humanas sobre la Tierra; antes no había estado con ellas sobre esta Tierra. Lo que el Cristo experimentó entre el bautismo por Juan y lo acontecido en Pentecostés, se realizó para cambiar la morada en el mundo espiritual por la morada en la esfe­ra terrestre. Esto se realizó para que la entidad divino­ espiritual de Cristo pudiera adoptar la forma adecuada a su obrar en comunidad con las almas humanas. He aquí el porqué tuvieron lugar los acontecimientos de Pales­tina. Con ello, también se pone de manifiesto que el acon­tecimiento de Palestina es de singular característica; pues consiste en el descender a la esfera terrestre de una entidad superior, extra-terrestre; y en que esta entidad cósmica permanecerá en la esfera terrestre hasta que és­ta, por influjo de aquélla, haya alcanzado la debida transformación. Tengamos presente que desde aquel mo­mento el Cristo ejerce su actividad en la Tierra. Para la plena comprensión del acontecimiento de Pen­tecostés, en sentido del Quinto Evangelio, hemos de re­currir a los conceptos que nos ofrece la ciencia espiri­tual. Hemos señalado que en los tiempos antiguos exis­tieron los Misterios con sus métodos de iniciación, por los cuales el alma humana ascendía a participar de la vi­da espiritual. Estos Misterios precristianos se nos presen­tan lo más concretamente si contemplamos los así lla­mados Misterios iranios de Mithra. Comprendían siete grados de iniciación. Como primer paso el iniciando fue conducido al grado simbólico del "Cuervo"; después al grado de "Oculto". En el tercer grado llegó a ser un "Lu­chador", en el cuarto un "León"; y en el quinto se le dio el nombre del pueblo a que él pertenecía. En el sex­to grado fue un "Héroe del Sol", y en el séptimo el "Pa­dre". Para los primeros cuatro grados basta con decir que se conducía al iniciando cada vez más profundamen­te a la experiencia espiritual. En el quinto grado obtenía la facultad de una más amplia conciencia la que le confe­ría la capacidad para convertirse en guardián espiritual de todo su pueblo. Por esta razón se le daba el nombre del respectivo pueblo; y tal iniciado participaba de la vi­da espiritual de un modo bien definido. En otro ciclo de conferencias he explicado que los distintos pueblos son conducidos por las entidades espi­rituales llamadas arcángeles. El iniciado del quinto grado se había elevado a dicha esfera, por lo que tomaba parte de la vida de los arcángeles. El cosmos tenía necesidad de iniciados del quinto grado; y por esta razón los había en tierra. Cuando en los Misterios tal iniciado había ad­quirido en su alma todo el contenido perteneciente al quinto grado, sucedió que, así como nosotros leemos un libro para conocer lo necesario por hacer esto o aquello, el arcángel leyó en el alma de ese hombre. En el alma de los iniciados del quinto grado, los arcángeles leyeron lo que un pueblo necesitaba. En la vida terrenal deben de crearse iniciados de quinto grado, para que los arcánge­les puedan guiar de la justa manera. Estos iniciados son los intermediarios entre el guía de un pueblo y el pueblo mismo: en cierto modo, ellos llevan a la esfera de los ar­cángeles lo necesario para conducir al pueblo de la jus­ta manera. En los tiempos precristianos este quinto grado no po­día alcanzarse mientras el alma humana quedaba dentro del cuerpo; era necesario sacarla. La iniciación precisa­mente consistía en que se desligaba del cuerpo el alma del hombre; y ésta experimentaba fuera del cuerpo lo que le proporcionaba el contenido que acabo de descri­bir. El alma debía abandonar la tierra y ascender al mun­do espiritual para adquirir lo necesario. Al alcanzar el sexto grado de la antigua iniciación, el grado de Héroe del Sol, se suscitaba en el alma de tal ini­ciado algo superior a lo que se requiere para la conduc­ción de un pueblo. Si consideramos la evolución terres­tre de la humanidad, observamos que los pueblos nacen y se extinguen, lo mismo que el hombre como individuo nace y muere. Empero, lo que un pueblo contribuye pa­ra la evolución terrestre debe conservarse dentro de la ulterior evolución. Cada pueblo no solamente debe ser guiado sino que el fruto de su trabajo debe conservarse para los tiempos que sobrepasan los del pueblo mismo, Para este traspaso de lo realizado por los pueblos debían obrar los Héroes del Sol. En los mundos superiores puede leerse lo que vi­ve en el alma de un Héroe del Sol; y del modo indicado se lograban las fuerzas para traspasar e integrar de la jus­ta manera el trabajo de un pueblo al trabajo de toda la humanidad. El obrar del Héroe del Sol se elevaba por en­cima del trabajo de cada pueblo. Y así como en los anti­guos Misterios el aspirante al quinto grado de iniciación tenía que hallarse fuera de su cuerpo para experimentar lo necesario, así también el que debía convertirse en Hé­roe del Sol, debía abandonar su cuerpo y, durante el tiempo respectivo, morar realmente en el Sol. Ciertamente, para el modo de pensar de nuestro tiem­po, estas verdades parecerán fabulosas, o bien se consi­derarán necedades; pero aquí cabe la palabra de San Pa­blo: que la sabiduría de este mundo es necedad para con Dios. Durante el tiempo de su iniciación, el Héroe del Sol vivía junto con todo el sistema solar; el sol era su morada al igual que el hombre común vive en la Tierra como en su planeta; y como montañas y ríos están en torno de nosotros, así también hallábanse los planetas del sistema solar en torno del Héroe del Sol, durante el tiempo de su iniciación. En los Misterios antiguos esto sólo se lograba al estar el iniciado fuera de su cuerpo. Y cuando volvía a éste, se acordaba de todo lo vivido fuera del cuerpo y lo empleaba como fuerza activa para la evo­lución de la humanidad. Durante los tres días y medio de su iniciación, es de­cir, mientras los Héroes del Sol andaban -así podemos llamarlo- sobre el sol, estaban en comunidad con el Cris­to, el que antes del Misterio de Gólgota todavía no se encontraba en la Tierra. Todos los Héroes del Sol de la antigüedad habían ido a las esferas superiores espiritua­les, pues sólo allí afuera pudieron vivir en comunidad con el Cristo; y El descendió a la Tierra desde ese mun­do. Por consiguiente, podemos decir: lo que en los tiem­pos antiguos por todo aquel procedimiento de la inicia­ción, se había alcanzado para unos pocos, fue dado en los días de Pentecostés, como por un acaecimiento natu­ral, a los apóstoles del Cristo. Mientras que antes los hombres debían ascender al encuentro con el Cristo, El descendió ahora a los apóstoles; y ellos se convirtieron en hombres que en sí mismos tuvieron el contenido que antiguamente los Héroes del Sol habían tenido en su alma. La fuerza espiritual del sol se derramó en el alma de los hombres y a partir de entonces siguió obrando en la evolución de la humanidad. Para que esto fuera posible, tuvieron que producirse los acontecimientos de Palesti­na. ¿En qué se originó el unirse del Cristo con la Tierra? Fue el resultado del sufrimiento más profundo, de un sufrimiento que sobrepasa toda imaginación humana del dolor. Para formarse la idea justa a este respecto también hay que remover contrariedades del pensar de nuestro tiempo. Aquí tengo que intercalar otra obser­vación. Hace poco apareció un libro cuya lectura recomien­do, porque el autor es un hombre ingenioso, y el conte­nido demuestra cuán disparatado resulta lo que con res­pecto a cosas espirituales hombres inteligentes suelen ex­presar. Me refiero al libro titulado ,"De la muerte" de Maurice Maeterlinck. Entre otras cosas insensatas tam­bién figura allí la aserción que el hombre, una vez muer­to, es espíritu y, por haber dejado su cuerpo físico, ya no puede sufrir. Maeterlinck, hombre tan ingenioso, se hace pues la ilusión que sólo lo físico puede sufrir y que, por lo tanto, el difunto no puede sufrir. No se da cuenta de lo absurdo del pensar que únicamente pueda sufrir el cuerpo físico que se compone de fuerzas físicas y subs­tancias químicas. ¡Cómo si una piedra tuviera que su­frir! Lo que sufre no es el cuerpo físico sino lo anímico. La humanidad ha llegado a tal punto que sobre las cosas más sencillas se piensa lo contrario de lo razonable. Si la vida espiritual no pudiera sufrir, no podría haber sufri­miento en el Kama-Loka, el que justamente se produce porque lo anímico se halla privado del cuerpo físico. Quien opina que el espíritu no puede sufrir, no llegará a representarse el infinito sufrimiento que el Cristo-Espí­ritu padeció durante los días de Palestina. Empero, antes de hablar de este sufrimiento, tengo que llamar la atención sobre otro punto más. Hay que tener presente que con el bautismo en el Jordán descen­dió a la Tierra y vivió en lo físico, durante tres años, un ser espiritual que después sufrió la muerte de Golgota, un ser espiritual que antes del bautismo en el Jordán ha­bía vivido en condiciones muy distintas a las terrestres. ¿Qué significa este hecho de que ese ser espiritual había vivido en condiciones totalmente distintas de las terres­tres? Expresado con términos antroposóficos, ello significa que ese ser espiritual tampoco ha tenido karma te­rrenal. Hay que tenerlo bien presente: una entidad espi­ritual vivió tres años en el cuerpo de Jesús de Nazareth sin tener en su alma un karma terrenal. Debido a ello, toda la vida y todas las experiencias habidas, tuvieron para el Cristo un significado enteramente distinto del de las experiencias de una alma humana. Si nosotros sufri­mos, si tenemos experiencias, sabemos que el sufrimien­to tiene en el karma su razón de ser. No fue así para el Cristo-Espíritu; El tuvo que cumplir una experiencia trienal sin que jamás hubiera tenido un karma. Esto fue, por consiguiente, sufrimiento sin sentido kármico, sufri­miento inmerecido, inocente. El Quinto Evangelio es el Evangelio antroposófico que nos evidencia la única vida terrenal de tres años a la que no se puede aplicar el con­cepto de karma, en sentido humano. Pero la ulterior contemplación de este Evangelio nos revela otra cosa más con respecto a esta vida trienal. Es­ta vida terrenal de tres años que hemos considerado co­mo una vida embrionaria, tampoco produjo karma, ni acarreó culpa alguna. Fue una vida terrenal de tres años, no condicionada por karma y sin producir karma. Es preciso concebir en todo su profundo sentido todos es­tos conceptos e ideas; así se ganará mucho para la justa comprensión de estos extraordinarios acontecimientos de Palestina los que, de otro modo, quedarán en mu­chos respectos inexplicables. ¡Cuántas cuestiones sur­gieron en la evolución de la humanidad, con relación a estos acontecimientos, y de qué manera fueron malen­tendidos! A pesar de todo ¡cuán inmensamente obraron como impulso! Cuando se tomen estas cosas en su justo y profundo significado, se llegará a pensar sobre ellas de un modo bien distinto. No se presta la debida atención a muchas cosas de profundo significado. Voy a dar un ejemplo. En el año 1863 apareció el libro "Vida de Jesús" de Ernesto Re­nán. La gente lo lee sin tomar en consideración lo significativo de su contenido. Quizás en tiempos venide­ros llamará la atención el que muchos hayan leído este libro sin darse cuenta de lo extraño de su composición. Es una mezcla de sublime exposición y novelón vulgar; esto es lo llamativo del citado libro. Naturalmente, para Renán el Cristo es, ante todo, el Cristo Jesús; y lo des­cribe como héroe quien, al principio obra con la mejor intención, como bienhechor de la humanidad, pero quien, después, se deja llevar por el entusiasmo de la multitud, cediendo cada vez. más, a lo que complace a la gente. En amplia escala, Ernesto Renán aplica a la naturale­za de Cristo lo que a menudo se emplea en sentido co­rriente. Ocurre por ejemplo, que la gente con respecto a la teosofía que va difundiéndose, aplica la siguiente crítica: al principio habíais procedido con la mejor in­tención; después llegaban los adeptos en busca de las cosas interesantes; y a raíz de eso claudicasteis cada vez más. Es así como Renán considera a Cristo Jesús. No le da vergüenza describir la resurrección de Lázaro como un cuasi engaño cometido con fines propagandistas. No le da vergüenza conducir a Cristo Jesús a una suerte de delirio y de ser víctima de los instintos de la multi­tud. De esta manera se entreteje un novelón vulgar con sublimes descripciones que ese libro también contiene. Es extraño que el sentimiento sano no sienta repugnan­cia ante la descripción de un ser que al principio tiene la mejor intención, pero que después es víctima de los instintos de la multitud e incluso deja cometer toda clase de engaños. Renán no siente ninguna repugnancia; por el contrario, emplea palabras de alabanza y de entusiasmo para con tal personalidad. Es realmente curioso. Por otra arte da prueba de la gran afición por el Cristo, aunque la gente no comprenda nada de su verdadera naturaleza. Y así se llega al extremo de convertir la vida de Cristo en una novela vulgar en la que, no obstante, no faltan las palabras de alabanza para dirigir la atención hacia esa personalidad. Esto sólo es posible con respecto a una en­tidad como la de Cristo Jesús. Ciertamente, se hubiera acumulado mucho karma en los tres años de la vida te­rrenal de Cristo, si esta vida hubiera sido como Renán la describe. Mas en tiempos venideros se llegará a compren­der que semejante descripción se desvanece ante el he­cho de que allí hubo una vida terrenal libre de karma. He aquí el mensaje del Quinto Evangelio. Se trata, pues, del acontecimiento en el Jordán, el bautismo realizado por Juan. El Quinto Evangelio nos dice que las palabras que figuran en el Evangelio de Lu­cas transmiten correctamente lo que entonces la bien de­sarrollada conciencia clarividente hubiera oído: "Este es mi muy amado Hijo, hoy lo he engendrado." Esta es la correcta interpretación de lo realmente sucedido en el Jordán: el engendramiento, la concepción por la cual el Cristo entró en la entidad Tierra. En las próximas conferencias nos referiremos a la característica de la entidad que descendió sobre el cuerpo de Jesús. Por ahora vamos a considerar que Jesús de Na­zareth había venido para dar el cuerpo al Cristo. Ahora bien, el Quinto Evangelio nos dice - lo leemos con la mi­rada clarividente retrospectiva - que desde el principio de su andar sobre la tierra, el Cristo no se unió totalmente con el cuerpo de Jesús de Nazareth, sino que sólo hubo una unión libre entre la entidad Cristo y el cuerpo de Je­sus de Nazareth. No fue la unión de cuerpo y alma como en el hombre común sino de tal índole que en todo mo­mento en que era necesario; el Cristo podía volver a de­jar el cuerpo de Jesús. Mientras el cuerpo de Jesús se ha­llaba en algún lugar, como durmiendo, el Cristo, como entidad, anduvo allí o allá, según hacía falta. El Quinto Evangelio nos revela que no siempre, cuan­do la entidad Cristo aparecía a los apóstoles, estuviese presente también el cuerpo de Jesús de Nazareth, sino que muchas veces el cuerpo de Jesús había quedado en algún lugar y que Cristo-Espíritu aparecía a los apósto­les. No obstante, ellos tuvieron la aparición por el cuerpo de Jesús de Nazareth. Se dieron cuenta, por cierto, que era algo diferente, pero la diferencia no resultó lo suficiente como para verificarla claramente. Los cuatro Evangelios apenas lo dicen; el Quinto Evangelio sí lo evi­dencia. Los apóstoles no siempre fueron capaces de dis­cernir: ahora nos aparece el Cristo Jesús en su cuerpo, o ahora es sólo el Cristo-Espíritu. En la mayoría de los ca­sos, la aparición la tuvieron por el Cristo Jesús, quiere decir por el Cristo-Espíritu en cuanto le reconocieron en el cuerpo de Jesús de Nazareth. Empero, lo que en los tres años de esa vida terrenal tuvo lugar, fue que, en cier­to modo, el Espíritu se unió cada vez más firmemente con el cuerpo de Jesús de Nazareth; o sea, que la entidad Cristo, como naturaleza etérea, se asemejó más y más al cuerpo físico de Jesús de Nazareth. Obsérvese bien que referente a la naturaleza del Cristo sucedió algo distinto que en cuanto al cuerpo del hom­bre común. El hombre común es un microcosmos frente al macrocosmos, un trasunto de todo el macrocosmos. Lo que el hombre terrenal llega a ser, es reflejo del gran cosmos. En cuanto a la naturaleza del Cristo ocurre todo en sentido inverso. La entidad macrocósmica solar se amolda a la configuración del microcosmos humano; se comprime y se restringe cada vez más, de modo que va asemejándose al microcosmos humano. ¡Justamente al revés! La unión con el cuerpo de Jesús de Nazareth fue la más libre al principio de la vida terrenal de Cristo, inmediatamente después del bautismo en el Jordán. Entera­mente fuera del cuerpo de Jesús estuvo la entidad Cris­to. Al andar sobre la Tierra, el obrar del Cristo fue toda­vía algo enteramente celestial. La entidad Cristo realizó curaciones que ninguna fuerza humana podría hacer. La intimidad con que habló a los hombres, fue intimidad divina. La entidad Cristo, atándose Ella misma al cuerpo de Jesús de Nazareth, obró como entidad celeste. Sin embargo, fue asemejándose, cada vez más, al cuerpo de Jesús, comprimiéndose y amoldándose a las condiciones terrestres, de modo que la fuerza divina se desvaneció, más y más. Por todo esto pasó el Cristo, asemejándose al cuerpo de Jesús; en cierto sentido fue una evolución des­cendente. El Cristo tuvo que experimentar que la poten­cia y la fuerza del Dios paso a paso le abandonó, al ase­mejarse al cuerpo de Jesús de Nazareth. El Dios fue con­viertiéndose en hombre. Como un hombre que con infinito sufrimiento siente el extinguirse de su cuerpo, así también el Cristo experi­mentó el desvanecimiento de su substancia divina, al ase­mejarse, como naturaleza etérea, al cuerpo terrenal de Jesús de Nazaréth, hasta el punto de sentir angustia, igual que un hombre. He aquí lo que también los otros Evangelios relatan, cuando con sus discípulos el Cristo Jesús llegó al monte de los Olivos y El, en el cuerpo de Jesús de Nazareth, estando con angustia, tuvo sudor en la frente. En el Cristo dominó, cada vez más, la naturaleza humana. A medida que su naturaleza etérea iba ase­mejándose al cuerpo de Jesús, el Cristo devino hombre. La sublime fuerza divina gradualmente se desvaneció. Vemos, pues, toda la pasión a partir de poco tiempo des­pués del bautismo en el Jordán, cuando la gente, al haber presenciado lo que el Cristo realizó, decía: jamás ningún ser sobre la Tierra ejecutó semejantes acciones. Esto fue cuando el Cristo se parecía muy poco al cuerpo de Jesús de Nazareth. En el curso de tres años, a par­tir de este maravillarse de parte de los admiradores en torno de él, la naturaleza de Cristo va asemejándose al cuerpo de Jesús a tal punto que dentro de este enfermi­zo cuerpo ya no es capaz de responder a las preguntas de Pilatos, ni de Herodes o Caifás. La naturaleza de Cristo había devenido tan parecida al cuerpo de Jesús, cada vez más débil y más enfermizo, que a la pregunta: ¿tú has dicho que puedes derribar el templo y en tres días reedi­ficarlo? ya no habló, del quebradizo cuerpo de Jesús, el Cristo y quedó callado ante el pontífice de los judíos; y quedó callado ante Pilatos quien le preguntó: ¿tú has di­cho que eres el Rey de los Judíos? Así se nos presenta el camino desde el bautismo en el Jordán hasta la plena debilidad. Y poco después, la mul­titud que antes había admirado las celestiales fuerzas mi­lagrosas, estuvo ante la cruz, ya no asombrada, sino bur­lándose de la impotencia del Dios que había devenido hombre, y diciéndole, si tú eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. A otros salvaste, ahora sálvate a ti mismo. He aquí la pasión, infinito sufrimiento, a lo que se sumó el pesar por la humanidad que había descendido a las con­diciones en que se hallaba, precisamente en la época del Misterio de Gólgota. Pero este sufrimiento engendró el Espíritu que en la fiesta de Pentecostés se derramó sobre los apóstoles. De estos dolores nació el amor cósmico universal que en el instante del bautismo descendió de las extraterrenales esferas celestes, a la esfera terrenal; el amor cósmico que se había asemejado al hombre, quedando parecido a un cuerpo humano, y que vivió el instante de la máxima impotencia divina, para engendrar el impulso que como impulso del Cristo se nos presenta en la ulterior evolu­ción de la humanidad. Hay que tenerlo presente, para comprender en todo su alcance el significado de este impulso, en el sentido del futuro de la humanidad; para que el hombre pueda proseguir su camino evolutivo cultural.


“CUARTA CONFERENCIA”


Las últimas palabras del Evangelio de Juan resultan, en cierto modo, conciliantes con lo que en esta confe­rencia me propongo comunicar, como parte del Quin­to Evangelio. Recordemos que allí se dice que con re­lación a Cristo Jesús hay otras muchas cosas, aparte de lo relatado en los Evangelios, y que, para darlo todo, en el mundo no cabrían los libros que se habrían de escribir. De modo que nadie pondrá en duda que apar­te de lo registrado en los libros, muchas cosas pueden haber sucedido. Con el fin de hacer comprensible lo que en este ciclo de conferencias quiero exponer, como con­tenido del Quinto Evangelio, comenzaré ahora a dar re­latos de la vida de Jesús de Nazareth, a partir aproxima­damente, del momento al que ya me he referido en otras conferencias en que se han comunicado pequeñas partes del Quinto Evangelio. Voy a relatar algunos pormenores de la vida de Jesús, a partir de los doce años de edad. Fue esta la edad en que, como ya sabemos, por un acto místico, el yo de Zoroastro, que se había incorporado en uno de los dos niños Jesús que en aquel tiempo habían nacido, pasó al otro niño Jesús, o sea, al que principalmente en los pri­meros capítulos del Evangelio de Lucas se describe. Comenzaremos pues nuestro relato con el instante de la Vida de Jesús de Nazareth en que el niño Jesús del Evan­gelio de Lucas había acogido en sí mismo el yo de Zo­roastro. Sabemos que en el Evangelio se alude a este instante de la vida de Jesús de Nazareth, por el relato de que, en oportunidad de un viaje a Jerusalén, para la fies­ta de Pascua se había extraviado el niño Jesús del Evangelio de Lucas y al ser hallado, estuvo sentado en medio  de los doctores, y todos se pasmaban de sus poderosas respuestas. También sabemos que esas grandiosas respuestas se debían a que en el yo de Zoroastro todo cuanto le surgía como por recuerdo espiritualmente re­velado, se traducía en las sorprendentes respuestas de Je­sús de Nazareth. Sabemos, además, que por la muerte de la madre, por un lado, y del padre, por el otro lado, se unieron las dos familias en una sola, en la cual siguió vi­viendo el niño Jesús fecundado por el yo de Zoroastro. En los años siguientes - esto resulta del contenido del Quinto Evangelio - tuvo lugar un singular cambio en su desarrollo. Al principio, los que rodeaban al joven Jesús de Nazareth habían quedado profundamente impresio­nados, precisamente por aquellas grandiosas respuestas que había dado en el Templo; habían puesto grandes es­peranzas en él, y en cierto modo ya le habían considera­do como futuro doctor de la ley, de un extraordinario nivel de erudición. La gente había empezado a captar ca­da palabra que él pronunciara. Pero Jesús de Nazareth se puso cada vez más callado, al punto de resultar antipáti­co para con los demás, mientras él sostenía una vehe­mente lucha interior. Esta lucha interior la sostuvo entre los doce y dieciocho años de edad. En su alma hubo un despertar de tesoros de sabiduría, yacentes en su inte­rior; como si a través de la erudición judía hubiera irra­diado el sol de la antigua sabiduría de Zaratustra. Al principio le había parecido que debía prestar ínti­ma atención y también responder a las palabras de los numerosos escribas que venían a su casa; e incluso quedaban asombrados los doctores quienes allí aparecían y le admiraban como niño prodigioso. Pero después se pu­so cada vez más callado y se limitó a escuchar lo que de­cían los demás. No obstante, en aquellos años siempre se suscitaron en el alma propia de Jesús grandes ideas, máximas de moralidad y, principalmente, importantes impulsos morales. Las palabras de los escribas reunidos en su casa, le causaban cierta impresión, pero una impre­sión que a menudo le producía amargura, porque tenía la sensación - nótese bien: ya tan joven - de que mucho era bastante dudoso, tendiente a errores, en lo que los doctores pronunciaban con respecto a las viejas tradicio­nes y los Libros del Antiguo Testamento. Estaba con el alma oprimida cada vez que se le decía que en tiempos antiguos el espíritu había inspirado a los profetas y que Dios mismo los había inspirado, pero que ahora la inspi­ración se ha retirado de las nuevas generaciones. Mas escuchó profundamente impresionado cuando a veces los doctores se referían a algo que él mismo iba a experi­mentar: ciertamente, ya no habla más el alto y poderoso espíritu que, por ejemplo, había inspirado a Elías; pero todavía está hablando -y algunos de los escribas creían haberlo experimentado, como inspiración desde las altu­ras espirituales- una voz más débil, pero algo que algunos creen oír, y que el espíritu de Yahvé mismo les da. Bath-­Kol se llamaba esa extraña voz, una voz inspiradora más débil, por cierto, de categoría inferior al espíritu que ha­bía inspirado a los antiguos profetas, pero de todos mo­dos una cosa parecida. En escritos judíos posteriores también se habla de esta Bath-Kol. Ahora he de insertar algo que en rigor no pertenece al Quinto Evangelio, pero que puede conducirnos a la ex­plicación de la Bath-Kol: Un poco más tarde hubo una controversia entre dos Escuelas rabínicas: el célebre ra­bino Elieser ben Hirkano sostenía una determinada doctrina para cuyo testimonio alegaba - esto también figura en el Talmud - que él era capaz de hacer milagros. Este rabino hizo desarraigarse y volver a plantarse a cien va­ras de distancia un algarrobo; mandó a un río fluir hacia atrás; y como tercera prueba invocó una voz del cielo de que su doctrina había de quedar revelada. A pesar de ello, la Escuela rabínica opositora no le prestó fe. El ra­bino Josué respondió: "Por más que el rabino Elieser ha­ga algarrobos trasplantarse de un sitio a otro; por más que mande ríos fluir hacia arriba, o que invoque la Bath­-Kol, la Ley estipula que las leyes eternas de la existencia deben expresarse por la boca del hombre y encontrarse en el corazón humano. Si el rabino Elieser quiere persua­dirnos: que no invoque la Bath-Kol sino que apele a lo que el corazón humano es capaz de concebir." Doy este relato porque nos hace ver que en ciertas Escuelas rabí­nicas, ya poco tiempo después de la fundación del cris­tianismo, la Bath-Kol gozaba de poca autoridad; pero en cierto modo había florecido, entre rabinos y escribas, como voz inspiradora. Al escuchar y sentir todo aquello, el joven Jesús mis­mo recibió la inspiración por la Bath-Kol. Lo notable fue que por la fecundación de su alma con el yo de Zo­roastro, Jesús de Nazareth efectivamente fue capaz de apropiarse rápidamente de todo cuanto sabían los que le rodeaban. No solamente que a los doce años de edad había dado las grandiosas respuestas a los doctores de la ley, sino que también pudo percibir en el alma propia la voz de la Bath-Kol. Pero precisamente este hecho, la ins­piración por la Bath-Kol, influyó en Jesús, a la edad de dieciséis, diecisiete años, de tal manera que le causó amargas y profundas luchas interiores. Pues la Bath-Kol le reveló, y él estaba seguro de percibirlo, que en lo suce­sivo, dentro de la corriente del Antiguo Testamento, ya no hablará el mismo espíritu, el que antes había hablado a los antiguos maestros judíos. Y llegó el día en que, pa­ra espanto de su alma, Jesús tuvo la impresión de que la Bath-Kol le revelase: no llego más a las alturas donde el espíritu realmente podría revelarme la verdad sobre el ulterior camino del pueblo judío. Fue un momento horrible, un tremendo impulso, cuando parecía que la Bath-Kol le reveló que él mismo no podía continuar obrando según la antigua revelación; que en cierto modo tendría que considerarse a sí mismo inapto para continuar el antiguo judaísmo. Así le pare­ció haber perdido todo fundamento, y hubo momentos en que se decía; Todas las fuerzas de mi alma con las que me consideraba agraciado, sólo me conducen a comprender que en la substancia evolutiva del judaísmo ya no existe el poder para ascender a las revelaciones del es­píritu divino. Pongámonos por un instante en el espíritu, en el alma del joven Jesús de Nazareth que tuvo que pasar por se­mejantes experiencias anímicas. En aquel tiempo, de los dieciséis a dieciocho años, él hacía también viajes, en parte a raíz de su oficio, o por otros motivos. Estos via­jes le conducían a diversas regiones de Palestina y distin­tos lugares fuera del país. En aquel tiempo - la visión clarividente de la Crónica del Akasha lo evidencia con toda claridad - se extendía sobre los territorios del Asia Occi­dental, e incluso de Europa, un culto asiático, un culto mezclado con diversos otros cultos, pero que principal­mente representaba el culto de Mithra. En muchos lugares de los más diversos territorios había templos del culto de Mithra. En algunos lugares se asemejaba al cul­to de Atis, pero esencialmente era de Mithra. Había tem­plos y otros lugares en que se cumplían sacrificios a Mithra y a Atis. En cierto sentido eran cultos paganos, pero compenetrados de ritos y ceremonias de Mithra y Atis. Cuán extendido era este culto, lo muestra el ejem­plo de que la Basílica de San Pedro en Roma se halla en el mismo sitio en que otrora existía semejante templo; e incluso hay que decir, lo que a muchos católicos po­dría parecer una blasfemia: la forma exterior del cere­monial de la Basílica de San Pedro y todo cuanto de él se deriva, no se diferencia en mucho del antiguo rito de Atis, en cuyo antiguo sitio se halla ahora dicha Basílica. Y en muchos sentidos el culto actual de ésta, es una con­tinuación del antiguo culto de Mithra. Jesús de Nazareth, a los dieciséis, diecisiete, dieciocho años, después de haber comenzado su peregrinación, lle­gó a conocer lo que entonces existía en semejantes luga­res de culto y continuó viajando. De esta manera cono­ció por su propia experiencia exterior, el alma de los pa­ganos. Por el grandioso proceso del haber pasado a su al­ma el yo de Zoroastro, se había desarrollado en él, de una manera natural y en alto grado, lo que otros sólo adquieren por penoso esfuerzo: una gran fuerza clarividen­te. Y debido a ello experimentó en esos cultos muchas cosas que otros no experimentan: tuvo experiencias con­movedoras. Por fabuloso que parezca, debo decir que Je­sús de Nazareth, al observar que ante altares paganos el sacerdote hacía el sacrificio, percibió que por el mismo acto eran atraídos diversos seres demoníacos. Además, descubrió que ciertos ídolos que allí se adoraban eran imágenes, no de entidades de las jerarquías espirituales, sino de potencias demoníacas; e incluso observó que a veces estas potencias demoníacas penetraban en los fie­les que participaban de los actos. Por razones muy com­prensibles, estos hechos no figuran en los otros Evange­lios y, en el fondo, sólo en el seno de nuestro movimien­to espiritual es posible hablar de semejantes hechos, puesto que sólo en nuestro tiempo el alma humana pue­de verdaderamente comprender aquellas profundas y grandiosas experiencias que en el joven Jesús de Naza­reth tuvieron lugar. Las peregrinaciones prosiguieron hasta los veinte, veintidós, veinticuatro años de edad, y en el alma siem­pre sentía amargura, cuando Jesús observaba el obrar de los demonios, en cierto modo engendrados por Lucifer y Arimán, y al darse cuenta de que el paganismo había lle­gado al extremo de tener por dioses a los demonios, y más aún, de representar en los ídolos, imágenes de las potencias demoníacas atraídas por las ceremonias, de­monios que penetraban y se posesionaban de las gentes que allí oraban. Las amargas experiencias que Jesús tuvo que sufrir, condujeron entonces a un acontecimiento fi­nal. Aproximadamente a los veinticuatro años de la vida de Jesús de Nazareth aconteció lo que, después de la de­cepción sufrida a raíz de lo experimentado con la Bath-­Kol, fue otra grave experiencia. Tengo que describirla, si bien hasta ahora no me ha sido posible escudriñar en qué punto de su viaje tuvo lugar; pero he podido desci­frar, en alto grado, la escena misma. Creo - sin estar seguro de ello - que fue en un lugar fuera de Palestina. A la edad de veinticuatro años, Jesús de Nazareth lle­gó al lugar de un culto pagano, donde se hacía ofrenda a determinada divinidad. Allí había únicamente gente triste, afectada por toda clase de pavorosas enfermeda­des psíquicas que se manifestaban hasta en lo corpóreo. Los sacerdotes, desde hacía tiempo, habían abandonado el lugar; y Jesús oyó a la gente lamentarse de que los sa­cerdotes la habían abandonado, que ahora carecía de la bendición del sacrificio y que sufría de lepra y otras enfermedades, precisamente porque los sacerdotes la ha­bían abandonado. El sufrimiento de esa gente le causó a Jesús profundo pesar, y en su alma se encendió inmensa caridad para con esos oprimidos. Parece que ellos, aban­donados por los sacerdotes, como asimismo, como cre­ían, por su Dios, en cierto modo se dieron cuenta y que­daron profundamente impresionados por el amor que en el alma de Jesús se había suscitado. En el corazón de la mayoría de ellos, repentinamente surgió algo que encon­tró su expresión en que esa gente, percibiendo en el ros­tro de Jesús el reflejo de su inmenso amor, le dijo: Tú eres el nuevo sacerdote que nos ha sido enviado. Le obli­garon a colocarse en el altar pagano, y le pidieron hacer el sacrificio para procurarles la bendición de Dios. Al reali­zarse todo esto sucedió que Jesús cayó como si hubiera muerto; su alma quedó como enajenada, y la gente que había creído que su Dios había vuelto, percibió lo ho­rrible de que cayó como si hubiera muerto, aquel a quien habían tenido por su nuevo sacerdote, enviado del cielo. Pero el alma enajenada de Jesús de Nazareth se sintió elevada como a reinos espirituales, como a la esfe­ra del Sol. Y como resonando desde las esferas del Sol, oyó ahora palabras como, por la Bath-Kol, muchas veces las había percibido. Pero la Bath-Kol estaba ahora trans­formada, convertida en algo totalmente distinto. Ade­más, la voz le llegó de otra dirección; y lo que ahora Je­sús de Nazareth[1] percibió, traducido a nuestro idioma puede sintetizarse en las palabras, que por primera vez he podido enunciar cuando, hace poco, se colocara la piedra fundamental de nuestra sede central en Dornach[2]. Existen, por cierto, deberes ocultos. Obedeciendo a semejante deber oculto tuve que enunciar entonces lo que, por la transformada voz de la Bath-Kol, Jesús de Nazareth había percibido al realizarse lo que acabo de relatar. Estas son las palabras que Jesús percibió:

AUM, Amén.
Impera el Mal,
testigo de yoidad que se desenlaza,
deuda del propio ser, por otros acarreada,
vivida en el pan de cada día,
en que no domina la voluntad de los cielos,
porque el hombre se separó de vuestro reino
Y olvidó vuestro nombre,
Vosotros, Padres en los cielos.

Únicamente así puedo traducir a nuestro idioma lo que en aquel momento, cual la transformada voz de la Bath-Kol, Jesús de Nazareth había percibido. ¡No es po­sible traducirlo de otro modo! Con estas palabras se ex­presa lo que vivió en el alma de Jesús de Nazareth, al despertar del desmayo que le había causado el enajena­miento de su alma. Cuando, al haberse despertado, Jesús quiso volver los ojos a la multitud de los afligidos y opri­midos que le habían puesto en el altar, todos habían huido. Y al dirigir la mirada clarividente hacia la lejanía, sólo percibió unas cuantas potencias demoníacas, seres demoníacos vinculados con esa gente. Esto fue el segundo acontecimiento importante, al terminar los distintos períodos de la vida de Jesús de Na­zareth, desde la edad de doce años. Ciertamente, no fue­ron acontecimientos placenteros, ni dichosos los que más impresionaron al alma del joven Jesús de Nazareth, sino que antes de llegar al bautismo en el Jordán, esta al­ma debió conocer los abismos de la naturaleza humana. Después de esta peregrinación Jesús de Nazareth vol­vió a casa. Fue aproximadamente a la edad de veinticua­tro años, en el tiempo en que murió el padre, quien ha­bía quedado en casa. El alma de Jesús estaba entonces impregnada de la viviente y poderosa impresión de los efectos demoníacos que habían penetrado en elemen­tos de la antigua religión pagana. Pero así como determi­nados grados del conocimiento superior sólo se alcanzan después de conocer los abismos de la vida, así también fue que Jesús de Nazareth, alrededor de los veinticuatro años, debido a que tan hondamente había mirado en las almas humanas en las cuales, en cierto modo se había concentrado toda la desolación anímica de la humanidad de aquel tiempo, había llegado a profundizar la sabi­duría, la que, en verdad, penetra el alma cual hierro candente, pero también la conduce a la clarividencia, al punto de percibir la luz de las vastedades del espíritu. De tal modo, esta alma, más bien joven, había llegado a poseer el tranquilo y penetrante ojo capaz de leer lo es­piritual. Jesús de Nazareth habíase convertido en un hombre capaz de percibir los profundos secretos de la vi­da, de percibirlos más profundamente que nadie hasta entonces los había percibido, porque nadie en la tierra había observado hasta qué grado el infortunio humano puede acrecentarse. Ciertamente, había visto miseria concentrada, había visto que como por magia, por medio de ceremonias religiosas, se atrae a toda clase de se­res demoníacos. Nadie en esta tierra sino Jesús de Naza­reth, había observado tan profundamente la desolación humana; y nadie sino él había experimentado en el alma tan inmenso y profundo sentimiento ante esa gente po­sesionada por los demonios. Nadie estaba tan honda­mente preparado para preguntarse: ¿Cómo puede contrarrestarse la extensión de tanta miseria en la tierra? De esta manera, Jesús de Nazareth no sólo estuvo do­tado de profunda sabiduría, sino que, en cierto modo, la vida misma le había convertido en iniciado. Y llega­ron a tener conocimiento de ello hombres que en aquel tiempo se habían reunido en la orden conocida en todo el mundo como Orden de los Esenios. Los esenios eran hombres que en determinados lugares de Palestina culti­vaban una especie de enseñanza oculta; una orden de se­veras observancias. Para ingresar en esta orden había que pasar por una rigurosa etapa preparatoria de por lo me­nos un año; casi siempre, de más tiempo. A través de la conducta, los modales, el servicio para con las supremas potencias espirituales, el amor a la justicia y la igualdad de hombre a hombre, como asimismo por el renuncia­miento a los bienes exteriores, etc., el pretendiente de­bía mostrar que era digno de ser iniciado. Después había distintos grados de ascender a la vida esenia destinada a acercarse al mundo espiritual; dentro de cierto aisla­miento del mundo de los demás, de severa disciplina mo­nástica y ciertas reglas de castidad, con el fin de alejar todo lo corporal y anímicamente indigno. Esto también se expresa en ciertas leyes simbólicas de la orden de los esenios. En la Crónica del Akasha se ha podido descifrar que el nombre "esenio" se deriva o, al menos, se relacio­na con la palabra judía "essin", o "assin" que significa algo así como pala, palita; porque los esenios llevaban consigo, como distintivo, una palita, costumbre que has­ta en nuestros días se conserva en algunas comunidades monásticas. Los principios esenios también se expresan en ciertas costumbres simbólicas: de no llevar monedas consigo, de no pasar por un portal cubierto de pinturas, o cerca del cual había cuadros. Y puesto que la orden de los esenios gozaba entonces de cierto reconocimiento exterior, se habían construido en Jerusalén puertas sin pinturas, de modo que también los esenios podían ir a la ciudad. Cuando un esenio llegaba a una puerta con pinturas, siempre debía volver atrás. Dentro de la orden misma existían antiguas Escrituras y tradiciones sobre cuyo contenido los miembros de la orden observaban absoluta discreción. Sólo podían enseñar lo que dentro de la orden habían aprendido. Quien ingresaba a la or­den, debía traspasarle su fortuna: En aquel tiempo ha­bía cuatro o cinco mil esenios; de todas partes del mun­do de entonces llegaban hombres que se sometían a las severas reglas de la orden. Muchos que poseían una casa en algún lugar lejano, en Asia Menor, o más distante, la regalaban a la orden de los esenios, de modo que por to­das partes ésta obtenía propiedades: casas, jardines, campos, etc. No se admitía a nadie, si no ingresaba to­dos sus bienes al bien común de la orden. Todo era bien común; el individuo no poseía nada. Una ley muy seve­ra, comparada con las condiciones de ahora, disponía que con la fortuna de la orden el esenio podía ayudar a toda gente necesitada o con sobrecarga, menos a los de la propia familia. A raíz de una donación hubo en Nazareth una colonia de la orden de los esenios, por lo que Jesús de Nazareth justamente entró en la esfera de aquella. En el centro de la orden se tuvo conocimiento de la profunda sabiduría que, de la manera descripta, se había inculcado en el al­ma de Jesús; y precisamente entre los más prominentes de los esenios se produjo cierto estado de ánimo. Ellos se habían formado una concepción que podríamos caracte­rizar como profética: De entre los hombres de este mun­do habría de surgir una alma nueva que obraría como un mesías. Por ello habían buscado si se encontrarían almas particularmente sabias; y habían quedado profundamen­te impresionados al tener conocimiento de lo que se ha­bía desarrollado en el alma de Jesús de Nazareth. De ahí se explica que los esenios admitieran a Jesús, sin que él tuviese que pasar por la prueba de los grados inferiores. Le admitieron en la comunidad como externo -no digo en la orden misma- e incluso los más sabios de los ese­nios, frente a este sabio hombre joven, se tornaron con­fiados y comunicativos en cuanto a sus secretos. Efecti­vamente, en esta orden de los esenios, Jesús llegó a co­nocer secretos antiguos mucho más profundos que los recibidos de parte de los escribas. También oyó muchas cosas que él mismo, a través de la Bath-Kol había cono­cido como por iluminación de su alma. En fin, hubo un vivo cambio de ideas entre Jesús de Nazareth y los ese­nios. De esta manera, él llegó a conocer, a los 25, 26, 27, 28 años y hasta más allá, casi todo cuanto la orden de los esenios poseía. Pues, lo que no se le comunicaba con palabras, lo recibió por medio de las más diversas impresiones clarividentes. Jesús tuvo importantes impresiones clarividentes, ya sea dentro de la comunidad de los ese­nios, o bien más tarde en su casa en Nazareth donde, en el marco de una vida contemplativa, él acogió en su alma lo que provenía de fuerzas que a los esenios eran ajenas, pero que él recibió en su alma. Hemos de destacar particularmente una de esas impre­siones interiores, porque ella puede iluminarnos todo el curso de la evolución de la humanidad. Como fruto de su cambio de ideas con los esenios, Jesús de Nazareth tuvo una visión muy importante, por la cual, como por enajenamiento, le apareció el Buda como realmente pre­sente. Puede decirse que en aquel tiempo tuvo lugar un diálogo espiritual entre Jesús y Buda. Es preciso, en nuestro tiempo, hablar de estos importantes secretos de la evolución de la humanidad. En aquel diálogo espiri­tual, el Buda dirigió a Jesús palabras como estas: Si mi enseñanza se realizara como ella se ha dado, todos los hombres tendrían que convertirse en esenios. Pero esto no puede ser. Este fue el error de mi enseñanza. Tam­bién los esenios sólo pueden progresar en su desarrollo si apartan de los demás; para ellos tiene que haber almas distintas de las demás. Realizándose mi enseñanza, todos los hombres llegarían a ser esenios; y esto no puede ser. Para Jesús de Nazareth, este diálogo fue un acontecer de suma importancia corno resultado de su relación con los esenios. Otra experiencia consistió en que Jesús llegó a cono­cer a otro hombre, también joven, casi de la misma edad, quien había entrado en relación, si bien de una manera bien distinta de la de Jesús, con la orden de los esenios, pero quien tampoco fue verdaderamente esenio: Juan el Bautista, quien vivió diríamos, como lego dentro de la comunidad de los esenios. Vestía como los esenios quienes en invierno se ponían vestimenta de pelo de ca­mello. Pero jamás pudo cambiar para sí mismo la doctri­na judía por la enseñanza de los esenios. No obstante, como esta sabiduría y toda la manera de vivir de los ese­nios, le causaban profunda impresión, él también vivía, como lego, de esta manera; cada vez más, se dejaba ins­pirar y, paso a paso, iba llegando a lo que en los Evange­lios se relata, con respecto a Juan el Bautista. Muchas ve­ces conversó Jesús de Nazareth con Juan el Bautista. Y cierto día ocurrió - sé lo que significa hablar de estas co­sas, sin embargo es preciso hacerlo - sucedió que, conver­sando Jesús con Juan el Bautista, desapareció ante la vista de aquél la corporalidad física del Bautista y Jesús tuvo la visión de Elías. He aquí el segundo importante acontecer en el alma de Jesús, dentro de la comunidad de los esenios. Pero hubo también otros acontecimientos. Desde ha­cía algún tiempo, Jesús había observado lo siguiente. Cuando llegaba a sitios donde había puertas de los ese­nios, las que no tenían pinturas, no podía pasar por se­mejantes puertas sin sufrir amargas experiencias. Veía esas puertas sin pinturas, pero para él había en ellas imá­genes espirituales: a ambos lados siempre aparecía lo que en la ciencia espiritual conocemos con los nombres de Arimán y Lucifer. Y con el tiempo se le había forma­do en el alma la firme impresión de que la aversión de los esenios a las pinturas en las puertas tenía que ver con la atracción mágica de semejantes seres, y que para los esenios tales pinturas eran como trasuntos de Lucifer y Arimán. Esto lo había advertido unas cuantas veces. El alma que las experimenta no se inclina a reflexio­nar mucho sobre estas cosas, porque son demasiado conmovedoras, y pronto llega a sentir que el pensamiento humano no basta para ahondar en ellas, no es capaz de compenetrarlas. Pero las impresiones no sólo se impreg­nan en lo profundo del alma, sino que se convierten en una parte de la vida anímica misma. Uno se siente vinculado a la parte del alma en que se acumulan esas ex­periencias e incluso a las experiencias mismas, que nos acompañan por el resto de la vida. De este modo, Jesús de Nazareth siguió llevando en el alma las dos imágenes, la de Lucifer y la de Arimán que él había visto en las puertas de los esenios. Al principio, esto no le había causado otro efecto sino el de darse cuenta de algún vínculo misterioso entre estos seres espi­rituales y los esenios. Después de lo experimentado en el alma de Jesús, también resultó difícil entenderse mutua­mente, puesto que en su alma vivía algo que él no pudo mencionar al hablar con los esenios, ya que cada vez, lo experimentado en las puertas de los esenios, le impedía proseguir. Después de una conversación sumamente importante, en que se había hablado de lo sublime espiritual, al sa­lir por la puerta del edificio principal de los esenios, Je­sús de Nazareth dio con las figuras de las cuales él sabía que eran Lucifer y Arimán. Entonces él vio que los dos huían de la puerta del convento de los esenios; y en su alma surgió una pregunta. No que él mismo preguntara, sino que con inmensa fuerza elemental surgió en su alma la pregunta: ¿A dónde huyen ellos; a dónde huyen Luci­fer y Arimán? Sabía que lo sagrado del convento de los esenios los había ahuyentado; pero en su alma quedó impregnada la pregunta: ¿A dónde huyen? Esta pregun­ta no la pudo arrancar de su alma; esta pregunta encendió su alma, y con ella vivió de hora en hora, de minuto en minuto, durante las semanas siguientes. Después del diálogo espiritual, al haber pasado por la puerta del edi­ficio principal de los esenios, ardía en su alma la pregun­ta: ¿A dónde huyen Lucifer y Arimán? En la próxima conferencia hablaremos de lo que Jesús siguió haciendo bajo la impresión de esta pregunta que se había impregnado en su alma y, además, de lo que él había oído como la voz cambiada de la Bath-Kol, al ha­berse caído junto al altar del culto pagano; y finalmen­te, del significado de lo que acabo de relatar.


“QUINTA CONFERENCIA”


En la conferencia anterior hemos echado una mirada sobre la vida de Jesús de Nazareth, desde los doce hasta cerca de los treinta años de edad. Por lo que he comuni­cado se comprenderá, seguramente, que durante dicho período sucedieron muchas cosas de suma importancia para el alma de Jesús, pero también de profundo signi­ficado para toda la evolución de la humanidad. Por la ciencia espiritual sabemos que todos los hechos de esta evolución se relacionan entre sí; de modo que lo experimentado por el alma de Jesús, que atañe en muchos sentidos a toda la humanidad, también ha de ser de su­ma importancia para la evolución terrestre. De la más variada manera aprendemos a conocer el significado del acontecimiento de Gólgota; y en este ciclo de conferen­cias se trata de conocerlo por la contemplación de la vi­da de Cristo Jesús mismo. Por lo tanto vamos a dirigir la mirada, con que ayer hemos considerado dicho período, una vez más sobre el alma de Jesús de Nazareth, para contemplar lo que ella habrá sentido después de haber experimentado, hasta la edad de veintiocho, veintinue­ve años, los significativos acontecimientos a que en la conferencia anterior me he referido. Para poder sentir lo que entonces vivió en el alma de Jesús, voy a relatar un suceso que tuvo lugar hacia fines del tercer decenio de la vida de Jesús de Nazareth. Se trata de un diálogo que él sostuvo con su madre, es decir con la que desde que se habían unido en una sola las dos familias, había llegado a ser su madre. Con ella siempre se había entendido perfecta e íntimamente, mucho me­jor que con todos los demás miembros de la familia; o bien, él se entendía con todos, mas ellos no se entendían lo mismo con él. Anteriormente, Jesús ya había conver­sado con su madre sobre diversas impresiones que en su alma se habían formado; pero en el citado momento tu­vo lugar un diálogo sumamente importante, que nos de­ja mirar en lo profundo de su alma. Por las experiencias que hemos caracterizado, Jesús había llegado a ser sabio, de modo que su rostro reflejaba infinita sabiduría. Pero también se había formado en su interior cierta tristeza: la sabiduría le había dado el fruto de que su mirada ha­cia los hombres en torno suyo, verdaderamente le cau­saba mucha tristeza. A esto se sumó el que hacia fines del tercer decenio de su vida, cada vez más, en sus horas de quietud, recordaba un determinado acontecer: traía a la memoria el hecho de que a los doce años se había producido el importante cambio, la revolución en su alma por el traspaso a su ser del alma de Zaratustra. En los primeros tiempos después del penetrar en su ser el alma de Zaratustra, en cierto modo sólo había sentido en sí mismo el infinito enriquecimiento interior. Al final de su tercer decenio aún no sabía que él era Zaratustra re­encarnado, mas sí sabía que a los doce años se había producido en su alma un profundo cambio. Y ahora, muchas veces le surgió el sentimiento: ¡Cuán diferente había sido mi vida antes de aquel cambio! A menudo re­cordó el infinito calor anímico de entonces. En su infan­cia había estado ensimismado, con caluroso afecto en todo lo que de la Naturaleza habla al hombre, y con amor a todo lo sublime en ella. Pero había poseído poca disposición para adquirir los tesoros del saber humano. Poco le había interesado lo que se aprende por la educa­ción escolar. Sería totalmente erróneo creer que hasta los doce años este niño Jesús hubiese tenido dotes especiales en sentido exterior. Había poseído ternura de corazón, pro­funda comprensión por lo humano y viviente sensibili­dad, ánimo benigno angelical. A los doce años, todo esto pareció haberle abandonado súbitamente; y ahora recordó y sintió como, antes de la edad de doce años; había estado vinculado a todo lo profundo del espíritu del mundo y que su alma había estado abierta a las infinitas vastedades espirituales; y cómo, a partir de los doce años, se sintió en su alma apto para apropiarse la erudición hebrea, la que espontáneamente acogió como de sí mismo; como, viajando, llegó a conocer los cultos paga­nos; que tuvo ante el alma el saber y la religiosidad del paganismo; y, además, que entre los dieciocho y veinti­cuatro años de edad, vivió con las conquistas civilizadoras de la humanidad; y que, aproximadamente a la edad de veinticuatro años, ingresó en la comunidad de los ese­nios, donde conoció a una doctrina oculta y a hombres dedicados a ella, Todo esto lo recordó muchas veces. Pe­ro también fue consciente de que con ello, en el fondo, no reunió en el alma sino lo que desde la antigüedad el hombre había acumulado en sí mismo; vivió con lo que se ofrecía como tesoros humanos de sabiduría, de cul­tura, de conquistas morales. También recordó, muchas veces, su vida anterior a los doce años, cuando él se ha­bía sentido vinculado al origen divino de la existencia, cuando todo en él se había basado en lo elemental y lo primitivo, cuando todo surgió de su ánimo rebosante, caluroso y lleno de amor, en íntima consonancia con las demás fuerzas del alma humana. Estos sentimientos condujeron entonces a un bien de­finido diálogo con su madre. Ella le amaba inmensamen­te y a menudo había hablado con él sobre todo lo her­moso y grandioso que en él se había formado desde sus doce años de edad. Al principio, él no había confesado a su madre la disonancia que ello había suscitado en su in­terior, de modo que ella sólo había visto lo hermoso y grandioso y, por lo tanto, ignoraba mucho de lo que, cual una confesión general, con este diálogo fue dado; pero lo acogió íntimamente y de todo corazón. Hubo en ella una íntima comprensión del sentimiento de Jesús y de que él añoraba lo que antes de los doce años había poseído. Trató de consolarle, destacando todo lo hermo­so y sublime que desde entonces había aparecido en él. Le recordó el resurgimiento de las grandes doctrinas, la sabiduría y el tesoro de las leyes del judaísmo y todo cuanto por él se había manifestado. Con el corazón opri­mido, Jesús escuchó a la madre apreciar lo que él conside­ró como algo superado, y le respondió; Todo esto será cier­to; empero ¿qué importancia puede tener para la humanidad, si por mí o por otro se hicieran resurgir todos los antiguos magníficos tesoros espirituales del judaísmo? En el fondo, carece de importancia lo que de tal manera pudiera manifestarse. Ciertamente, si ahora en torno nuestro existiera una humanidad que tuviese oídos para oír el lenguaje de los profetas antiguos, entonces sí sería provechoso hacer resurgir los antiguos tesoros de sabidu­ría. Incluso si hoy viniera Elías -así habló Jesús- para enunciar lo mejor que él había experimentado en las vas­tedades celestes; no existen los hombres que tendrían oídos para oír la sabiduría de Elías, ni de los profetas anteriores, ni de Moisés, ni de los demás, hasta llegar a Abraham. Hoy no sería posible enunciar lo que ellos habían dado; el viento se llevaría sus palabras. Para el mundo de hoy, no tiene ningún valor lo que yo creía haber adquirido. Así habló Jesús de Nazareth y se refirió a que, hacía poco, las palabras de un gran maestro habían quedado perdidas. Si bien no fue un maestro de la altura de los profetas antiguos, fue, no obstante, un importante y profundo maestro, el bondadoso Hil-lel, el Viejo (75 a. de J.C. - 4 d. de J.C.). Jesús sabía muy bien que Hil-­lel, el Viejo, aún en los tiempos de Herodes en que no era fácil ganar prestigio, era muy apreciado dentro del judaísmo; también sabía que Hil-lel había pronuncia­do fervorosas palabras. De él se había dicho: en el pue­blo judío, la Tora desapareció, pero Hil-lel la restableció. Para los que le comprendieron, Hil-lel apareció como re­novador de la primitiva sabiduría judía. El anduvo de lu­gar en lugar como uno de los maestros de la sabiduría; cual un nuevo mesías anduvo por territorio del pueblo judío. Era de carácter muy apacible. Todo esto se rela­ta incluso en el Talmud, y también lo verifica la erudi­ción exterior. La gente le elogiaba con entusiasmo y de­cía que era un hombre que hacía mucho bien. Sólo pue­do citar algunos ejemplos para caracterizar cómo Jesús de Nazareth habló a su madre aludiendo al estado aní­mico de Hil-lel. Los relatos le caracterizan como hombre bondadoso y apacible que por su benevolencia y amor hacía muchísimo bien. Se conserva un relato profundamente significativo que demuestra la gran paciencia y complacencia de Hil­-lel. Dos personas hacían una apuesta sobre la posibilidad de encolerizar a Hil-lel; pues era sabido que éste de nin­gún modo podría enfurecerse. Uno de los dos que ha­cían la apuesta decía: haré todo lo posible para conse­guir que Hil-lel se encolerice. En el momento en que éste estaba sumamente ocupado con los trabajos prepa­ratorios para el sábado, aquel hombre de la apuesta lla­mó a la puerta de Hil-lel y le dijo, no en tono cortés ni dándole el tratamiento de rigor -ya que Hil-lel era pre­sidente de la suprema autoridad religiosa sino que simplemente llamó: "¡Hil-lel, rápido, ven afuera!" El, po­niéndose una prenda, salió pacientemente. El hombre, en tono vehemente, dijo: "Tengo que preguntarte al­go". Hil-lel respondió: "Mi querido ¿qué pregunta tie­nes?" El otro: "Tengo que preguntarte ¿ por qué los babilonios tienen la cabeza tan delgada?" Hil-lel, en to­no suave, le contesta: "Pues, mi querido, los babilonios tienen la cabeza tan delgada porque tienen parteras de poca habilidad". El otro se retiró. Hil-lel se había man­tenido apacible. Después de unos minutos, el otro vol­vió y llamó con tono brusco: " ¡Hil-lel, ven afuera, ten­go que preguntarte algo!" Hil-lel, poniéndose el abrigo, salió y le dijo: "Pues, mi querido ¿qué pregunta tienes ahora?" Responde aquél: "Tengo que preguntarte, ¿por qué los árabes tienen los ojos tan chiquitos?" Hil-lel, afablemente le respondió: "El desierto es tan grande; los ojos se achican al mirar el enorme desierto". El hombre de la apuesta se atemorizó. Hil-lel volvió a su trabajo, y después de unos minutos, el otro llamó por tercera vez, en tono brusco: " ¡Hil-lel, ven afuera, tengo que preguntarte algo!" Hil-lel se puso el abrigo, salió y preguntó afablemente: "Ahora ¿qué tienes que preguntar?" "Ten­go que preguntarte; ¿por qué los egipcios tienen los pies tan planos?" "Porque el territorio es tan pantanoso", respondió Hil-lel y volvió a su trabajo. Después de pocos minutos aquél volvió y dijo que ahora no quería pregun­tar nada, pero que había hecho la apuesta de conseguir enfurecerle y que no sabía cómo hacerlo. Y Hil-lel le di­jo apaciblemente: "Mi querido, es preferible que tú pier­das la apuesta a que Hil-lel se encolerice". Esta leyenda atestigua la paciencia de HiI-lel, pacien­cia con cada uno que le molestaba. En cierto sentido, semejante hombre se parece a un antiguo profeta; así lo explicó Jesús a su madre. Muchas palabras que de Hil-lel conocemos, suenan como una renovación de la era de los antiguos profetas. Jesús citó algunas hermosas palabras de Hil-lel, y luego dijo: "Mira, querida madre, de Hil-lel dicen que él es como un antiguo profeta resurgido. Yo pienso que todo mi saber no proviene única­mente del judaísmo". Ciertamente Hil-lel había nacido en Babilonia, y sólo más tarde había sido trasladado al territorio judío. Pero era descendiente de la estirpe de David; de tiempos re­motos venía su parentesco con la estirpe de David, de la que también provenían Jesús y los suyos. Y dijo Jesús: "Por más que yo hablara como había hablado ese gran hombre, Hil-lel, como hijo de David, hoy no existen los hombres que podrían oírlo"; semejantes palabras resul­tan ahora fuera de lugar; en los tiempos remotos eran adecuadas. Ya no existen los que tendrían oídos para oír. Todo lo que de esta manera se dijese, resultaría fú­til e inútil. Como resumiendo lo que en este sentido te­nía que decir, Jesús de Nazareth dijo a la madre: "Ya no es apropiado a esta tierra lo enunciado por el anti­guo judaísmo, pues no están más los antiguos judíos. Hay que considerarlo como algo sin valor en nuestra tierra". De un modo poco común la madre oyó hablarle de la futilidad de lo que para ella era lo más sagrado; pero le amaba de todo corazón, y sólo sintió infinito amor. Debido a ello se suscitó en la madre algo como una íntima comprensión de lo que él quiso decirle. Jesús siguió hablando y pasó a relatar lo que había ex­perimentado en los lugares del culto pagano. Recordó en espíritu que se había caído junto al altar pagano, y que había oído la voz cambiada de la Bath-Kol. Y se encendió en él la luz cual una renovación de la antigua sabiduría de Zaratustra. Aún no sabía claramente que en sí mismo portaba el alma de Zaratustra, pero mien­tras hablaba, surgieron en él la sabiduría y el impulso de Zaratustra. En comunidad con su madre, vivió en él el grandioso impulso de Zaratustra. En su alma sur­gió todo lo hermoso y grandioso de la antigua sabidu­ría solar. Recordó las palabras de la Bath-Kol y las pronunció para la madre:

AUM, Amén.
Impera el Mal,
testigo de yoidad que se desenlaza,
deuda del propio ser, por otros acarreada,
vivida en el pan de cada día,
en que no domina la voluntad de los cielos,
porque el hombre se separó de vuestro reino
Y olvidó vuestro nombre,
Vosotros, Padres en los cielos.

Con estas palabras, todo lo grandioso, incluso del culto de Mithra, vivió en su alma como por geniali­dad interior. Habló con su madre sobre la grandeza y la gloria del culto pagano, y sobre lo que vivía en los Misterios de los pueblos antiguos; mucho de lo cual se había unido en los Misterios del Asia Occidental y del Sur de Europa. Pero en su alma también vivió el sentimiento de que paso a paso ese culto, al caer bajo la influencia de potencias demoníacas, había su­frido una transformación, lo que él mismo había ex­perimentado aproximadamente a la edad de veinti­cuatro años. Todo eso lo recordó, y entonces, también la sabiduría de Zaratustra le apareció como algo para lo cual ya no era apto el hombre de entonces. Lo ex­presó con estas palabras significativas: "Por más que se aunasen todos los Misterios con todo lo grandioso de los tiempos pasados, los hombres ya no existen, para oírlo. Todo eso es inútil. Si yo saliera para enunciar a los hombres lo que oí como la voz cambiada de la Bath­ Kol, si yo hablara del secreto por qué el hombre en su cuerpo físico ya no puede vivir en comunidad con los Misterios, no existen los hombres que podrían compren­derlo; todo se pervertiría en fuerza demoníaca. No exis­tirían oídos para comprender mis palabras. Los hombres han perdido la capacidad para oír lo que antaño se había enunciado y escuchado". Porque ahora Jesús sabía que aquello que él había oí­do como la transformada voz de la Bath-Kol, fue una antiquísima sabiduría sagrada, una oración que pertenecía al tesoro espiritual de todos los Misterios, oración que había caído en el olvido, pero que en él surgió al haberse caído junto al altar pagano. Pero también vio, y lo ex­presó en aquel diálogo, que ya no había posibilidad para hacerlo comprender. Continuando el diálogo, Jesús con­tó a su madre lo que conoció en la comunidad de los esenios; habló de lo hermoso, grandioso y de la gloria de la enseñanza de los esenios, de su benevolencia y de su afabilidad. Y entonces agregó, como tercera palabra sig­nificativa, lo que habla llegado a comprender en su diá­logo visionario con el Buda: no todos los hombres pue­den convertirse en esenios. Cuán acertadas fueron las pa­labras de Hil-lel: no te separes de la comunidad, antes bien, trabaja y actúa dentro del conjunto de todos. Pues, ¿qué soy si me quedo solo? Pero así proceden los ese­nios: se apartan de los demás, los que de este modo se vuelven desafortunados. Después contó a la madre lo que en la conferencia anterior he relatado: "Cuando un día salí, después de un íntimo e importante diálogo con los esenios, percibí en la puerta que Lucifer y Arimán huían; y desde entonces sé, mi querida madre, que por su vida y su doctrina oculta, los esenios se protegen a sí mismos de tal manera que de sus puertas deben huir Lu­cifer y Arimán. Pero con esto los esenios envían a Luci­fer y Arimán a los demás, para hacerse afortunados a sí mismos." Esta palabra impresionó profundamente al alma afectuosa de la madre; y se sintió a sí misma como transformada y en armonía con Jesús. Pero Jesús de Na­zareth tuvo la sensación como si con este diálogo todo lo que poseía en su interior se hubiese retirado de él. Lo vio, y la madre lo vio. Cuanto más hablaba con la madre, cuanto más ella le escuchaba, tanto más la madre supo cuánta sabiduría había vivido en él, desde la edad de do­ce años. Mas todo resultó como desvanecido; en cierto modo, Jesús había puesto en el corazón de la madre to­do lo vivido y lo experimentado por él. Con ese diálogo él también fue transformado, y esto de tal manera que a los hermanastros y los demás parien­tes les pareció que él había perdido la lucidez mental. Cómo lo lamentamos, decían ellos, ya que él fue tan sa­bio; siempre estuvo muy callado, pero ahora ya no está en su juicio. Y le consideraban como hombre perdido. Efectivamente, días enteros anduvo como en estado de somnolencia: el yo de Zaratustra estuvo a punto de abandonar el cuerpo de Jesús de Nazareth. Y finalmente surgió en él la decisión que le condujo, como movido mecánicamente, al ya conocido Juan el Bautista. Aconteció entonces el bautismo en el Jordán a que muchas veces me he referido. Con el diálogo con la ma­dre se había retirado el yo de Zaratustra, y con ello hu­bo nuevamente lo que había existido hasta la edad de doce años, pero acrecentado, más grandioso. Con el bau­tismo en el Jordán se sumergió en este cuerpo el Cristo; y en el mismo instante en que ocurrió el bautismo, la madre sintió algo como el fin de aquella transformación. Tenía entonces cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, y se sintió a sí misma como compenetrada del alma de la madre que había muerto, la del niño Jesús que a los doce años había recibido el yo de Zaratustra. El espíri­tu de la otra madre descendió y se unió con la madre con la cual Jesús había sostenido aquel diálogo; y ésta se sintió como aquella joven madre, la del niño Jesús del Evangelio de Lucas. Representémonos de la justa manera la infinita impor­tancia de aquel acontecimiento, y tratemos de sentir el significado de que con ello vivió en la tierra un ser sin­gular: el Cristo en un cuerpo humano, una entidad que jamás había vivido en un cuerpo humano; que hasta en­tonces no había conocido ninguna vida terrenal, sino únicamente los reinos espirituales. De lo terrenal sólo su­po lo que en cierto modo se había acumulado en los cuerpos físico, etéreo y astral de Jesús de Nazareth. El Cristo descendió a estos tres cuerpos, como ellos habían devenido a través de los treinta años de vida que hemos descripto. Libre de todo, el Cristo vivió lo que entonces le tocó experimentar. La Crónica del Akasha y el Quinto Evangelio nos indi­can que el Cristo primero fue conducido a la soledad. Je­sús de Nazareth, en cuyo cuerpo ahora estaba el Cristo, se había privado de todo lo que le había vinculado con el mundo; y el Cristo, que sólo ahora había arribado a la tierra, ante todo fue atraído por lo que, debido a las im­presiones conservadas en la memoria, firmemente se ha­bía grabado en el cuerpo astral. En cierto modo, el Cris­to se decía a sí mismo: este es el cuerpo que había vis­to que Arimán y Lucifer huyeron, y que había sentido que los esenios, en su aspirar, empujan hacia los demás a Arimán y Lucifer. Hacia estos dos, el Cristo se sintió atraído, pues son ellos con quienes los hombres deben luchar. A la soledad, para luchar con Arimán y Lucifer, fue atraído el Cristo, que por primera vez vivió en un cuerpo humano. Creo que en gran medida es verdadera la escena que ahora voy a relatar. Observar semejantes cosas en la Cró­nica del Akasha es muy difícil, por lo que advierto expresamente que ciertos pormenores posiblemente haya que modificarlos en forma insignificante; pero lo esen­cial está. Muchas veces me he referido a que la escena de la tentación, los Evangelios la relatan según distintos aspectos. Me he esforzado en investigarla, y voy a contar imparcialmente como ella realmente fue. En la soledad, el Cristo en el cuerpo de Jesús de Naza­reth, primero encontró a Lucifer, la entidad que se aproxima al hombre presuntuoso, falto de humildad y conciencia del propio ser. Lucifer se dirige al falso orgu­llo y a la altanería del hombre. Lucifer se enfrentó al Cristo, diciéndole, aproximadamente, lo que también fi­gura en los otros Evangelios: ¡Mírame! Los reinos en que el hombre ha sido colocado, fundados por los anti­guos dioses, ya son anticuados. Yo voy a fundar un nue­vo reino y te daré todo lo que de belleza y gloria en los antiguos reinos existe, si tú entras en mi reino. Pero de­bes separarte de los otros dioses y reconocerme a mí. Lucifer le describió toda la belleza de su propio mundo, y todo lo que hablaría al alma humana, si ella tuviera un poco de orgullo. Pero como Cristo había venido de los mundos espirituales, sabía quién es Lucifer y a qué debe atenerse el alma para no ceder a la tentación. Cristo no conocía la tentación de Lucifer, pero El sabía cómo se  está al servicio de los dioses, y poseía la fuerza para rechazar a Lucifer. Para un segundo ataque, Lucifer llamó a Arimán para  que éste le ayudase; y ambos se dirigieron al Cristo. Uno trató de incitarle al orgullo: Lucifer; el otro habló a su miedo: Arimán. De esta manera, aquél le dijo: Con mi espiritualidad, con lo que yo puedo darte, no te hará falta lo que ahora necesitas por haber adoptado, como Cristo, un cuerpo humano. 'Este cuerpo te subyuga, te obliga a reconocer las leyes de la gravitación. Si yo te arrojo al abismo, el cuerpo humano te impide quebran­tar la ley de gravitación. Pero si tú me reconoces a mí, yo voy a anular las consecuencias de la caída, y nada te pasará. Arimán le dijo: yo voy a librarte del miedo, ¡arrójate! Ambos le acosaron, pero como en su acosa­miento en cierto modo se equilibraron, el Cristo pudo librarse de ellos; El encontró la fuerza que en la Tierra el hombre debe encontrar para elevarse sobre Lucifer y  Arimán.  Arimán dijo entonces a Lucifer: tu presencia me es­torba; en vez de aumentar mis fuerzas, las disminuiste. El último ataque lo emprendió Arimán solo, diciendo al Cristo lo que encuentra su expresión en el Evangelio de Mateo: Haz que lo mineral se convierta en pan; si te jactas de poseer fuerzas divinas, di que estas piedras se hagan pan. Mas el Cristo respondió: no sólo de pan vi­virá el hombre, sino de lo espiritual que proviene de los mundos espirituales. Esto lo sabía muy bien el Cris­to, porque acababa de descender de los mundos espiri­tuales. Pero Arimán le respondió: por más que tú ten­gas razón, realmente esto no me impide tenerte sujeto, en cierto sentido. Tú únicamente sabes lo que hace el espíritu que desciende de las alturas; jamás estuviste en el mundo humano. Aquí abajo, en el mundo humano, viven hombres que verdaderamente necesitan que las piedras se hagan pan, pues no les es posible nutrirse de espíritu solamente. Este fue el momento en que Arimán decía al Cristo algo que en la tierra se podía saber, pero que el Dios que en aquel momento había descendido, desconocía. El no sabía que aquí abajo hacía falta convertir en pan el mineral, el metal. Y Arimán respondió que aquí aba­jo el hombre se ve en la necesidad de nutrirse con el di­nero. He aquí el punto en que Arimán todavía tenía po­der. Y él dijo entonces: ¡Voy a valerme de este poder! Esto es el verdadero relato de la tentación. En ella quedó un punto sin resolver. Los problemas no encon­traron solución definitiva. Los problemas concernientes a Lucifer se resolvieron, por cierto, no así los referentes a Arimán. Para ello hace falta algo más [3]. Al salir de la soledad, el Cristo Jesús se sintió llevado más allá de todo lo vivido y aprendido a partir de los do­ce años; sintió reunido el Espíritu-Cristo con lo que en­ Jesús había vivido antes de la edad de doce años. En ver­dad, ya no se sintió vinculado a lo que en la humanidad había quedado envejecido y árido. Hasta el lenguaje que en su mundo se hablaba, le dejó indiferente y al principio, incluso quedó callado. Anduvo por las cercanías de Nazareth y algo más allá; visitó muchos de los lugares, por los que ya como Jesús de Nazareth había pasado, y entonces sucedió algo su­mamente notable. Téngase bien presente que relato lo que pertenece al Quinto Evangelio, y no vendría al caso que alguien qui­siera descubrir contradicciones con respecto a los otros cuatro Evangelios. Me atengo al contenido del Quinto Evangelio. Muy callado, como no teniendo nada en común con su mundo circundante, el Cristo anduvo, al principio, de albergue en albergue, trabajando con la gente en los res­pectivos lugares. Lo vivido con lo que Arimán le había dicho sobre el pan, le había dejado profundamente impresionado. En todas partes, en los lugares donde antes había trabajado, volvió a encontrar gente conocida. Esos hombres se acordaron de El, y allí realmente encontró la gente a la cual Arimán debe tener acceso, porque para ella es imprescindible que las piedras se hagan pan o, lo que es lo mismo, convertir en pan el dinero, el metal. No hacía falta ir a la gente que observaba las máximas morales de Hil-lel o de otros; pero entró en las moradas de aquellos que en los otros Evangelios son llamados los publicanos y pecadores, porque para ellos era nece­sario que las piedras se hicieran pan. A ellos principal­mente los visitó. Pero ahora se había llegado a algo nuevo. Muchos de esos hombres le conocían de antes de sus treinta años, pues ya como Jesús de Nazareth había estado con ellos, quienes habían conocido su naturaleza apacible, su amor y sabiduría. En cada casa, en cada albergue se le había amado profundamente. Este amor había quedado, y mucho se habló del amor de ese hombre, Jesús de Na­zareth, que había estado en aquellas casas y en esos lu­gares. Y como por efecto de leyes cósmicas sucedió lo siguiente: me refiero a escenas muchas veces repetidas, reveladas por la investigación clarividente. Los miem­bros de familias, donde Jesús de Nazareth había traba­jado, se habían reunido después de la puesta del sol, hablando entonces del amor y la caridad de ese hom­bre que como Jesús de Nazareth había estado en sus casas, como asimismo de los calurosos sentimientos que él había suscitado en sus almas. Y muchas veces había sucedido que, después de horas enteras de semejantes reuniones, entraba en la habitación, como por una visión común de todos los miembros de la familia, la imagen de Jesús de Nazareth. Efectivamente, él los visitaba en espíritu, o también, ellos se creaban su ima­gen espiritual. Podemos imaginarnos los sentimientos que surgieron en el seno de semejantes familias, que an­tes habían tenido esa visión en común, cuando, después del bautismo en el Jordán, El volvió. Ellos le reconocie­ron por su semblanza exterior, sólo que ahora el brillo de los ojos era más intenso. Vieron el rostro resplande­ciente que otrora los había mirado con tanto amor; vie­ron al hombre que en espíritu había estado con ellos. Podemos imaginarnos lo extraordinario que ahora sucedió en esas familias y en los pecadores y publicanos, quienes, debido a su karma, estaban expuestos a todos los seres demoníacos de aquel tiempo. Ahora se puso de manifiesto la naturaleza cambiada de Cristo Jesús; principalmente en semejantes hombres se hizo evidente lo que por el habitar del Cristo en Je­sús de Nazareth; éste había llegado a ser. Antes, esos hombres habían sentido su amor, su bondad y su natu­raleza apacible; pero ahora emanó de El un poder mágico. Si antes ellos sólo se habían sentido confortados, ahora se sintieron curados. También llamaron a sus ve­cinos, si éstos también estaban oprimidos. De tal ma­nera sucedió que, después de haber vencido a Lucifer, y cuando de Arimán sólo le quedaba el aguijón, Cristo Jesús pudo hacer, para los hombres sumidos al dominio de Arimán, lo que en la Biblia se describe como la ex­pulsión de los demonios. Muchos de aquellos demonios que él había visto cuando había caído junto al altar pa­gano, ahora se retiraron, cuando El, como Cristo Jesús, estuvo frente a esos hombres. Los demonios percibieron a su adversario. Cuando ahora anduvo por la campiña, el comportamiento de los demonios en las almas huma­nas, le hizo recordar que había caído junto al altar del sacrificio, donde en lugar de los dioses estaban los de­monios, y que él no podía celebrar el culto. También se acordó de la Bath-Kol que le había enunciado la ora­ción de los antiguos Misterios; principalmente tuvo en mente la palabra: "vivida en el pan de cada día". Los hombres a quienes visitó ahora, debían de las piedras hacer pan. Muchos de ellos pertenecían a los que sólo de pan deben vivir. Y la palabra de la antigua oración pagana: "vivida en el pan de cada día" la sintió en lo profundo del alma; sintió lo que significa la incorpo­ración del ser humano en el mundo físico, y que, en el curso de la evolución de la humanidad, debido a esa necesidad, la incorporación física del hombre había con­ducido a que los hombres olvidasen los nombres de los Padres en los cielos, los nombres de los seres espiritua­les de las jerarquías superiores. Además, sintió que no había hombres capaces de oír la voz de los antiguos profetas. Ahora supo que la vida basada en el pan de cada día separó al hombre de los reinos celestes, y que esta vida hace brotar el egoísmo y conduce al hombre hacia Arimán. Cuando, entregado a semejantes pensamientos, Cris­to Jesús caminaba por las distintas comarcas, aconte­ció que se convirtieron en sus discípulos y le siguieron, los que más profundamente sintieron la transformación que en Jesús de Nazareth se había producido. De diver­sos albergues llevó consigo a este o aquel que le siguió, movido por el profundo sentimiento a que me refiero. De modo que pronto hubo en torno de El un grupo de discípulos; hombres que en cierto sentido habían adqui­rido un nuevo estado de su alma, hombres que por la fuerza del Cristo habían llegado a distinguirse de los que - como lo había dicho a su madre - ya no eran capaces de oír lo antiguo. Y en El se encendió la experiencia terre­nal del Dios: tengo que enseñar a la humanidad, no como los dioses condujeron al hombre de lo espiritual a la tierra, sino como él ha de encontrar el camino de la tie­rra al espíritu. Nuevamente recordó la voz de la Bath-Kol y ahora supo que habría que renovar las fórmulas y oraciones de los tiempos antiguos, y que el hombre deberá buscar el ca­mino desde abajo hacia los mundos espirituales. Las úl­timas palabras de la oración las cambió, dándoles senti­do inverso, adecuado al hombre del tiempo nuevo, y porque había que ponerlas en relación no con todo el coro de las entidades espirituales de las jerarquías, sino con el ser espiritual único: "Padre nuestro en el cielo." Y las palabras que El había oído como en penúltimo lu­gar de la oración de los Misterios: "y olvidó vuestro nombre", las cambió para adecuarlas a la humanidad del tiempo nuevo: "santificado sea tu nombre" y las pala­bras en el antepenúltimo lugar que decían: "porque el hombre se separó de vuestro reino", las invirtió: "venga tu reino a nosotros". Las palabras "en que no domina la voluntad de los cielos", también las invirtió, dándoles el sentido adecuado a cómo ahora los hombres pudiesen oírlas, ya que ahora no había nadie que pudiera oír la fórmula antigua. Un total cambio del camino a los mun­dos espirituales debía producirse, por lo cual las invirtió: "sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra." El misterio del pan, o sea, de la incorporación en el cuerpo físico, el secreto de todo lo que ahora, por el aguijón de Arimán se le había revelado, lo transformó de tal manera que el hombre pudiese sentir que el mun­do físico también proviene del mundo espiritual, aun­que el hombre no lo reconozca espontáneamente. Por eso, las palabras acerca del pan de cada día las trans­formó en el ruego: "danos hoy nuestro pan de cada día". Las palabras "deuda del propio ser, por otros acarrea­da" las cambió así: "perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." Y las palabras que en la oración de los antiguos Misterios resonaban en el segundo lugar: "testigo de yoidad que se desenlaza", las invirtió así: "mas líbranos", y las prime­ras: "Impera el Mal", las transformó, agregando "del Mal. Amén." Por la inversión de la transformada voz de la Bath-Kol, que Jesús de Nazareth había oído al haber­se caído junto al altar, el Padrenuestro del cristianismo se nos presenta como la oración de los nuevos Misterios que el Cristo Jesús nos ha dado. De un modo similar aparte de mucho que aún habrá que exponer también fue dado el sermón del monte y otras cosas más que Cristo Jesús enseñó a sus discípulos. El Cristo Jesús influyó en sus discípulos de un modo singular. Hay que tener presente que simplemente estoy describiendo lo que se lee en el Quinto Evangelio. Cuan­do el Cristo andaba por las distintas comarcas, ejercía un efecto extraordinario sobre los demás. Estaba, por cier­to, en comunidad con los apóstoles; empero, como El era el Cristo, fue como si no solamente estuviese en su cuerpo; sino que en los lugares por donde andaba, sucedía que uno u otro tenía la sensación de que en sí mis­mo estuviese presente el Cristo. Tenía la sensación de que en el alma propia estaba la entidad perteneciente" al Cristo Jesús: y tal hombre empezaba a expresar las pala­bras que en realidad sólo el Cristo Jesús hubiera podido decir. Al encontrarse con la gente El y sus discípulos, sucedía entonces que quien hablaba no era en todos los casos el Cristo Jesús mismo, sino que también hablaba uno u otro de los discípulos; pues El tenía con los dis­cípulos todo en común, inclusive la sabiduría. Francamente, me sorprendió sobremanera el percatar­me que en el diálogo con los saduceos a que se refiere el Evangelio de Marcos, el Cristo Jesús no habló a través del cuerpo de Jesús, sino de la boca de uno de los discí­pulos. También sucedía que, cuando a veces el Cristo Jesús dejaba a sus discípulos, estaba, no obstante, entre ellos; ya sea que entonces caminaba con ellos en espíritu, o bien, estando lejos, aparecía a ellos en su cuerpo etéreo. Su cuerpo etéreo o estaba con ellos, o andaba por la campiña; y muchas veces no era posible distinguir si El, por decirlo así, llevaba el cuerpo físico consigo, o si se trataba de la aparición del cuerpo etéreo. Así fue el vínculo con los discípulos y con otros hom­bres cuando Jesús de Nazareth había devenido Cristo Je­sús; pero El mismo experimentó lo que ya he menciona­do: mientras que en los primeros tiempos la entidad de Cristo se hallaba relativamente independiente del cuerpo de Jesús de Nazareth, debió, cada vez más, asemejarse a este cuerpo. A medida que corría el tiempo iba intensifi­cándose la atadura al cuerpo de Jesús de Nazareth; y en el último año apareció un profundo dolor debido a esta atadura al cuerpo, ya bastante debilitado, de Jesús de Nazareth. No obstante, aún sucedía que Cristo iba de lu­gar en lugar, acompañado de un ya bastante numeroso grupo. Cuando en este o aquel lugar uno de ellos hablaba, podía creerse que era el Cristo mismo quien hablaba, pues El hablaba por la boca de todos. Hubo, por ejemplo, un diálogo entre los escribas. Ellos decían: para aborrecimiento del pueblo se podría prender y matar a cualquiera de ellos, pero se tomaría, quizás, a Uno por otro, pues todos hablan de igual mo­do. Por lo tanto, esto no resuelve nada, ya que posible­mente el verdadero Cristo Jesús sobreviviría. Es preci­so prender al Cristo mismo. Sólo los discípulos mismos fueron capaces de hacer la distinción; pero ellos, naturalmente, no iban a decir al enemigo quién era el verdadero Cristo. Pero ahora, Ari­mán había adquirido fuerza suficiente con respecto a la pregunta que había quedado sin resolver, pregunta que el Cristo no pudo decidir en los mundos espirituales, si­  no únicamente en la tierra. Por el hecho más grave tuvo que conocer lo que significa hacer pan de las piedras. Pues Arimán recurrió a la complicidad de Judas Iscario­te. Por la manera de cómo el Cristo obraba, no hubiera existido ningún recurso espiritual para descubrir quién, en medio de los que le veneraban, era el Cristo. Pues donde el espíritu, incluso lo supremo de la fuerza persuasiva, ejercía su influencia no fue posible apoderarse de El. Únicamente se logró aprehenderle donde actua­ba quien empleaba el medio desconocido al Cristo y que El no llegó a conocer sino por el acto más grave sobre la Tierra. Por ningún otro medio hubiera sido posible reconocerle sino únicamente porque intervino quien se puso al servicio de Arimán, quien efectivamente sólo por el dinero llegó a cometer la traición. El vínculo de Cristo con Judas consistía en que en la escena de la tentación había tenido lugar lo que es comprensible en el Dios: El no sabía que sólo para el cielo es cierto que para el pan no se necesitan piedras. La traición se hizo porque Ari­mán había retenido el aguijón. Además, el Cristo debió someterse al dominio de la muerte, por cuanto que Ari­mán tiene poder sobre ésta."He aquí el vínculo de la es­cena de la tentación y del Misterio de Gólgota con la traición de Judas. Mucho más habría que enunciar concerniente al Quin­to Evangelio; pero las demás partes del mismo seguramente se darán a conocer en el curso de la evolución de la humanidad. Por los relatos escogidos he tratado de dar una idea de cómo es este Evangelio. Y ahora, al final­ de estas conferencias, siento nuevamente, en lo profun­do del alma, lo expresado en la primera conferencia, es decir, que son las necesidades de nuestro tiempo las que exigen hablar del Quinto Evangelio. Y lo expuesto en esta oportunidad también requiere que sea acogido en concordancia con estas condiciones. Sabemos que la ciencia espiritual y nuestro movimien­to antroposófico tienen muchos enemigos, y que ellos proceden de una manera bastante extraña. Desde hace un tiempo, hay personas que dicen que nuestra ciencia espiritual está contaminada de un estrecho cristianismo e incluso de jesuitismo. Pero también ocurre que en for­ma increíble se procede a falsificar nuestra ciencia. Un hombre que venía de América la acogió dentro de cierto tiempo, tomó apuntes y luego, en forma desfigurada, la llevó consigo a Norteamérica, donde creó y publicó, en base a lo aquí acogido, una "Teosofía Rosacruz". Admi­te haber aprendido de nosotros muchas cosas, pero que después ha sido llamado por los maestros quienes le en­señaron mucho más. Sin embargo, negó haber aprendido de nosotros, lo profundo que él había sacado de nues­tros ciclos de conferencias (en aquel entonces aún no publicadas). Ante lo que ocurre en Norteamérica pode­mos mantenernos apacibles, igual que Hil-lel, el Viejo; sin embargo, reproduciendo lo exteriorizado por otros, se ha dicho que también en Europa existe una cosmovi­sión rosacruz, pero de característica estrecha y jesuíti­ca, y que aquella nueva ciencia, ¡sólo ha podido pros­perar en la atmósfera pura de California! Así proceden nuestros adversarios. Podemos contemplarlo con indul­gencia y hasta con compasión, pero no hay que cerrar los ojos ante semejantes hechos. Preferiría no hablar de estas cosas, pero al servicio de la verdad es necesario ha­cerlo, pues hay que mirar las cosas con claridad. Hay gentes que justamente no toleran lo que es de índole del Quinto Evangelio; y quizás no hay odio más sincero que aquel que se ponía de manifiesto en las críticas con respecto al misterio, también perteneciente al Quin­to Evangelio, de los dos niños Jesús. El verdadero antro­pósofo observará la justa actitud ante este Quinto Evan­gelio que se ha dado de buena fe, y que no debe ser tra­tado irrespetuosamente. Con semejantes verdades que se basan en la investiga­ción clarividente, tan necesaria para nuestro tiempo, nos hallamos ante el dominio de la civilización de la época. Puede decirse que, en el fondo, en nuestro tiempo exis­te un genuino anhelo de espíritu; pero la gente es dema­siado arrogante o de capacidad insuficiente como para interesarse por el verdadero espíritu. Ante todo hace fal­ta suscitar el amor a la verdad para poder oír el anuncia­miento del espíritu. En la actual cultura no existe tal grado de veracidad y, lo que es peor, la gente no se da cuenta de ello. Mucho se habla hoy de espíritu sin tener idea de su realidad. Existe, por ejemplo, un hombre que ha ganado mucho prestigio, justamente porque siempre habla del espíritu. Me refiero a Rudolf Eucken. Quien lea sus li­bros encontrará que allí siempre se insiste en ¡espíritu, espíritu, espíritu! Es así como hoy se habla del espíritu porque se es demasiado cómodo o demasiado altanero para penetrar hasta las fuentes mismas del espíritu. Sin embargo, estos hombres gozan de mucho prestigio; y en nuestra época será difícil hacerse comprender con rela­tos como los del Quinto Evangelio, tan concretamente tomados de lo espiritual. Esto requiere seriedad y vera­cidad interior. Uno de los últimos libros de Eucken se titula: "¿Todavía podemos ser cristianos?" Se compone de una larga serie de distintos capítulos donde se habla, a través de muchos tomos, de alma y espíritu, espíritu y alma. Pues se adquiere prestigio y fama, si se da la im­presión de saber algo de espíritu, y la gente ni se da cuenta de la falta de veracidad. Hay un pasaje en que se dice que la humanidad, ya no cree en demonios, y que ya no se puede esperar que exista quien pueda creerlo. Y en otro pasaje del mismo libro se da con la extraña frase: "Donde se tocan lo divino y lo humano, se produ­cen potencias demoníacas." De modo que aquí habla de demonios, después de haber expresado, en el mismo libro, lo que primero he citado. Debería rechazarse seme­jante ciencia del espíritu que tan groseramente falta a la verdad. Sin embargo, parece que nuestros contemporá­neos no se dan cuenta de esta falsedad. Es preciso tenerlo en mente para comprender que de­bemos preparar nuestro corazón, si queremos ser partíci­pes del anunciamiento de lo espiritual y de la nueva vida espiritual que la humanidad debe encontrar. Si por la ciencia espiritual tratamos de unir el alma humana con el Cristo, hay poca esperanza de tener éxito frente a la cultura de la época, si ella se contenta con ideas que todos los sabios filósofos y teólogos difunden: la creen­cia que ya antes de la venida del Cristo haya existido un cristianismo. Ellos demuestran que el culto e incluso ciertos relatos típicos ya antes, en Oriente, habían exis­tido en forma igual; y por ello esos teólogos afirman que el cristianismo no es otra cosa que la continuación de lo que ya había existido. Nuestros contemporáneos dan mucha importancia a la literatura respectiva, sin saber cómo las cosas se relacionan entre sí. Si se habla de la entidad espiritual del Cristo que ha descendido a la tierra y que es venerada dentro de los mismos cultos en que otrora han sido venerados los dio­ses paganos y si, además, este hecho se emplea para ne­gar en absoluto la realidad del Cristo, se está aplicando una lógica que se basa en lo siguiente: puesto que el Cristo en cierto sentido empleó la vestimenta exterior de los antiguos cultos, la gente no llega a reconocer que en realidad el Cristo sólo se la ha puesto como una vestidu­ra, y que es el Cristo mismo el que se presenta en el mar­co de los cultos antiguos. Tomemos entonces la suma de las bibliotecas y de las actuales consideraciones científicas monistas: todo esto son pruebas, e incluso pruebas veraces, del vestido exte­rior de la entidad de Cristo. Y toda esta ciencia se acep­ta como profunda sabiduría. Debemos tener presente es­te cuadro si queremos acoger, no solamente con el inte­lecto sino con el sentimiento, lo que como Quinto Evan­gelio se ha expuesto. Este Evangelio nos quiere decir que con nuestra verdad debiéramos sentirnos situados de la justa manera en nuestro tiempo, para ver que no es posi­ble hacer comprender al tiempo antiguo lo que como nuevo mensaje debe venir. Según la palabra del Evange­lio hemos de decir: Con el pensar que hoy impera en la humanidad, no es posible seguir la evolución espiritual. Por ello es menester arrepentirse y cambiar el modo de pensar. Quienes no tengan claramente presente lo que existe y lo que debe venir, no servirán debidamente a lo que a la humanidad hace falta como ciencia espiritual. (Para terminar este ciclo de conferencias, Rudolf Stei­ner se despidió del auditorio con las siguientes palabras:) Dar este Quinto Evangelio ha sido para mí un sagrado deber. Y al despedirme de vuestro corazón y de vuestra alma, expreso el deseo que el lazo que nos une haya que­dado estrechado por la investigación espiritual sobre el Quinto Evangelio al que me siento íntimamente vincula­do. Apelando al más caluroso sentimiento de vuestro co­razón y vuestra alma, os digo: aunque físicamente tenga­mos que estar separados por algún tiempo, quedaremos unidos y sentiremos conjuntamente lo que tenemos que trabajar y lo que nos exige el deber que en nuestro tiem­po el espíritu impone al alma humana. Aquello a que aspiramos progresará de la justa manera por el trabajo de cada uno de vosotros. Con este deseo me despido de vosotros, al concluir este ciclo de confe­rencias.

FIN

[1] N. d. T. "traducido a nuestro idioma": debido a la responsabi­lidad que la traducción de esta oración involucra, insertamos el texto original alemán:
AUM. Amen!              
Es walten die Ubel,
Zeugen sich losender Ichheit,
Von andern erschuldete Selbstheitschuld,
Erlebet im taglichen Brote,
In dem nicht waltet der Himmel Wille,
Da der Mensch sich schied von Eurem Reich
Und vergass Euren Namen.
Ihr Vater in den Himmeln.
[2] La colocación de la piedra fundamental del primer Goethe­ anum en Dornach (Suiza), sede central de la Sociedad Antropo­sófica General, había tenido lugar el 20 de septiembre de 1913; dos semanas antes de esta conferencia.
[3] N. del Tr. Lo aquí expuesto alude a la necesidad de crear en el mundo un nuevo orden social.  Los problemas de convivencia hu­mana, desde todos los tiempos, y ahora en forma más pronuncia­da, en gran parte tienen su origen en el concepto que se tiene del dinero y en el uso que del mismo se hace, contrario a las leyes que desde un punto de vista espiritual le son inmanentes. Naturalmente, se trata de un tema que requiere un estudio exhaustivo.


Me complace que hayan elegido emprender este viaje conmigo. Es mucho más fácil y mucho más divertido con ustedes que sin ustedes. (Neale Walsh...y yo.)